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Crítica de ‘Más que rivales’: La serie de Movistar Plus+ rompe tabúes

Heated Rivalry o Más que rivales está disponible en Movistar Plus+

Se esperaba con mucho entusiasmo esta serie original de la cadena Crave en Canadá, que ha causado furor en Estados Unidos. Su llegada a España a través de Movistar Plus+ no ha hecho más que confirmar que Más que rivales (Heated Rivalry) es una serie sensacional. Simple, pero efectiva, divertida a la vez que comprometida. Una serie que te hace sentir bien y al mismo tiempo te hace reflexionar.

Sinopsis: Rivales en el hielo, amantes en secreto

Vamos a ponernos en contexto con la sinopsis oficial: Rivales en la pista, amantes en secreto. Shane e Ilya son jóvenes, brillantes, ambiciosos y enemigos declarados sobre el hielo. A pesar de la intensa competencia y la animosidad pública entre sus equipos, ambos sienten una innegable y abrumadora atracción mutua que los lleva a vivir una relación oculta durante años. La serie explora cómo esta conexión prohibida evoluciona a lo largo de siete años, poniendo a prueba su lealtad, sus carreras profesionales y sus corazones.

Más que rivales (Heated Rivalry) se basa en la serie de libros escritos por Rachel Reid, Game Changers, en el que cada uno de ellos se basa en una pareja diferente siempre dentro del mundo del deporte profesional. En este caso ha tocado esta pareja de orígenes tan distintos dentro de un deporte tan canadiense como el hockey sobre hielo.

El hockey sobre hielo: la masculinidad tóxica

La homosexualidad ha conseguido ganar mucho terreno en los últimos años. Las artes escénicas, la música e incluso cualquier trabajo de oficina o de servicios cuentan con personas del colectivo LGTBIQ+. Es cierto que muchas siguen teniendo problemas de aceptación y que según qué trabajos muy masculinizados todavía es tabú. Pero el hockey sobre hielo, ese deporte donde los hombres chocan constantemente los unos con los otros, donde incluso se generan peleas esporádicas y la testosterona está suelta sin control, la visibilidad por parte de los que están dentro de la pista y en las gradas está lejos de ser aceptada.

Hudson Williams y Connor Storrie son los protagonistas de Más que rivales (Heated Rivalry), disponible en Movistar Plus+

Lo que plantea Más que rivales es una fantasía que en el deporte masculino profesional está muy lejos de cumplirse. Obviamente que existe como existe en cualquier rincón de la sociedad, pero el miedo entra en escena. A pesar de lo abiertos que nos creemos que somos, las marcas son las primeras en retirar apoyos si alguien sale del armario y dicha marca piensa que sus potenciales compradores no aceptarían algo así. De ahí radica el miedo a perder poder adquisitivo, a fallarle a gente que dependen de ti, a crear mal ambiente en el equipo o en tu propia afición. En el mundo civilizado, ya no es delito ser gay, ni temes por tu vida pero los miedos pasar a ser otros.

Shane e Ilya: Dos caras de la misma moneda

En este contexto, tenemos a Shane Hollander, una estrella en ciernes, el yerno que todas las madres desearían tener, el jugador por el que se pelean todas las marcas, el que tiene que aparentar ser el chico perfecto. Y también el más hombre. Por el otro lado tenemos a Ilya Rozanov, de nacionalidad rusa (ojo que en ese país sí siguen teniendo problemas los homosexuales), un villano díscolo que cae mal y, por tanto, otro exponente máximo de masculinidad.

Un «Caballo de Troya» en formato serie

Más que rivales no es una serie excelsa, no es ninguna obra maestra. Es entretenida a más no poder, llega a un espectro de público muy amplio no solo en gustos sino también en edad. Pero es que no lo necesita, para denunciar un problema no hace falta crear un dramón en el que los protagonistas sufren sin parar el rechazo que los rodea. La serie se centra en la relación de amor entre ambos, con sus altibajos, sí, en su clandestinidad, pero no se centra en los obstáculos que tienen por delante. Eso es lo que nos hace disfrutar, vivir su historia de amor junto a ellos.

Dicho esto, gran parte del éxito de Más que rivales viene gracias a la química entre sus protagonistas. Es imposible ver una conversación entre ellos sin una media sonrisa en la boca. Es ese tipo de series en la que quieres que les vaya todo lo bien que merecen. En este sentido Hudson Williams y Connor Storrie se salen. Es verdad que la serie utiliza un tono deliberadamente ligero en el que las escenas de sexo están presentes constantemente y de forma bastante explícita, aunque con rodadas con un buen gusto extraordinario.

La intensa historia de amor es el motor de Heated Rivalry (Más que rivales), de Movistar Plus+

Conclusión: Mucho más que «salseo»

En definitiva, Más que rivales actúa como un «caballo de Troya» que nos atrae en un primer instante por el morbo, el salseo y una bonita historia de amor con idas y venidas, pero una vez terminada nos deja esa puerta abierta a la reflexión. ¿Por qué en 2026 una historia como esta tiene que seguir siendo una fantasía? Una muy buena pregunta con una respuesta difícil e incómoda. 

¿Qué te ha parecido Más que rivales? ¿Has disfrutado más con el salseo de la historia de amor y las escenas tórridas o con la reflexión que la serie nos lanza? Te leo en comentarios.

‘Salvador’ (Netflix): buenas intenciones y una ejecución problemática

Luis Tosar protagoniza 'Salvador', la nueva miniserie de Netflix, creada por Aitor Gabilondo y dirigida por Daniel Calparsoro.

Salvador se ha convertido en el nuevo fenómeno de Netflix en España. En apenas 24 horas desde su estreno, la miniserie se ha colocado como número 1 en el ranking de series más vistas, impulsada por un tema especialmente sensible en el contexto político actual: el auge de la ultraderecha y la radicalización ideológica. Sin embargo, pese a la claridad de su mensaje, la serie plantea más de un problema en su desarrollo.

¿De qué trata Salvador? Sinopsis y equipo creativo

Salvador es una miniserie española de Netflix estrenada el viernes 6 de febrero. Su principal reclamo es Luis Tosar, uno de los actores más reconocibles de la ficción nacional. La dirección corre a cargo de Daniel Calparsoro, cineasta especializado en thrillers y cine de acción, mientras que la producción ejecutiva recae en Aitor Gabilondo, responsable de títulos como El príncipe, Vivir sin permiso o Entrevías.

La sinopsis oficial presenta a Salvador Aguirre, un conductor de ambulancias que descubre que su hija Milena forma parte de un grupo neonazi. Decidido a rescatarla y a entender cómo ha llegado hasta ahí —pese a no haber recibido una educación fascista—, Salvador se infiltra en el grupo tras un violento enfrentamiento entre hinchas radicales de fútbol en el que su hija resulta gravemente herida.

Lo mejor de Salvador: dirección y tensión narrativa

Uno de los mayores aciertos de Salvador es su dirección. Calparsoro sabe manejar la tensión, manteniendo al espectador en vilo tanto en las secuencias de acción como en los momentos dramáticos donde la violencia parece a punto de estallar. El pulso narrativo es sólido y eficaz, lo que convierte la miniserie en un producto altamente adictivo.

La fotografía y la planificación cumplen sin grandes alardes: no son especialmente llamativas, pero sí funcionales, lo que encaja con el tono áspero y realista de la historia.

Interpretaciones: Tosar destaca, pero no está solo

Claudia Salas es el gran descubrimiento de la serie 'Salvador', una madre neonazi que hace lo que sea por recuperar a su hija.

En cuanto al reparto, el nivel es irregular, algo habitual en este tipo de producciones. Luis Tosar sostiene la serie con solvencia, pero merece una mención especial Claudia Salas, que consigue construir un personaje complejo y comprensible, incluso cuando sus decisiones resultan incómodas para el espectador. Tanto Patricia Vico como Leonor Watling cumplen en sus papeles, aunque sus personajes se sienten muy estereotipados, al igual que muchos de los miembros de los White Souls, así como el jefe de policía y el abogado.

El gran problema de Salvador: la equidistancia ideológica

El núcleo temático de Salvador es claro: un padre ex alcohólico, ex ludópata y ausente se acerca a un grupo neonazi para comprender la deriva ideológica de su hija. El problema surge cuando la serie intenta humanizar a los miembros del grupo y acaba yéndose demasiado lejos.

El personaje de Carla (Leonor Watling) se presenta como una figura filantrópica, con una ONG dedicada exclusivamente a ayudar a españoles, mientras Salvador se va acercando progresivamente al grupo, aparentemente seducido —al menos en parte— por su discurso. Aquí es donde la serie falla: el conflicto no está bien trabajado y genera una sensación de equidistancia que puede interpretarse como un blanqueamiento del fascismo.

A diferencia de lo que ocurría en Patria, donde el tratamiento del conflicto era mucho más preciso, en Salvador la intención es comprensible, pero la ejecución resulta problemática.

Un final más claro… pero no suficiente

En su tramo final, la serie aclara mucho mejor su postura ideológica, especialmente gracias a un potente monólogo del personaje interpretado por Pedro Casablanc, uno de los momentos más destacados de la miniserie. Sin entrar en spoilers, ese discurso resume con precisión tanto el viaje de la serie como el contexto global del auge de la ultraderecha.

No obstante, ciertas decisiones de guion —especialmente relacionadas con la identidad del asesino y la intervención de los poderes fácticos— debilitan el mensaje, llegando incluso a convertir al grupo neonazi en víctimas o marionetas del sistema.

Los ultraderechistas de 'Salvador', la nueva miniserie de Netflix protagonizada por Luis Tosar.

Conclusión: una serie efectiva, pero fallida en su discurso

A estos problemas se suma un metraje excesivo: a Salvador le sobran, al menos, un par de episodios. El resultado es una miniserie con buenas intenciones y capacidad de enganchar, pero con una ejecución irregular que lastra su discurso político.

Como entretenimiento, Salvador funciona. Como reflexión sobre la radicalización y la ultraderecha, se queda a medio camino. Siendo generosos, podemos situarla ligeramente por encima de la corrección, aunque lejos de lo que podría haber sido.

¿Qué te ha parecido Salvador?
¿Te quedas con su acción y su ritmo o echas en falta una mayor profundidad política? Déjanos tu opinión en los comentarios.

The Beast in Me: ¿merece la pena este thriller psicológico de Netflix?

La bestia en mí, Claire Danes y Matthew Rhys en un juego del ratoón y el gato entre vecinos

Este artículo acompaña al análisis en vídeo de Cultura Seriéfila, que puedes ver incrustado más abajo.

Seamos honestos: una de las grandes verdades incómodas de Netflix es que pasamos más tiempo buscando algo que ver que viéndolo. Y no hay nada peor que invertir seis horas en una miniserie para descubrir que podrías habértelas ahorrado. Por eso proyectos como La bestia en mí son tan importantes… y tan peligrosos. Sobre el papel lo tienen todo para triunfar: Claire Danes, Matthew Rhys y parte del equipo creativo detrás de Homeland y 24. Pero la pregunta es inevitable: ¿estamos ante un thriller psicológico que justifica el maratón o solo frente a otro producto bien interpretado con una trama reconocible?

Ficha técnica y sinopsis

La bestia en mí es una miniserie limitada de Netflix, estrenada el 13 de noviembre, creada por Gabe Rotter (guionista de Expediente X) junto al showrunner Howard Gordon, responsable de algunos de los momentos más tensos de 24 y Homeland. La dirección corre a cargo de Antonio Campos, especialista en thrillers psicológicos y true crime como The Staircase o The Sinner.

La premisa es tan clásica como efectiva:

Aggie Wiggs (Claire Danes) es una escritora ganadora del Pulitzer que, tras la muerte de su hijo pequeño, se ha retirado de la vida pública. Incapaz de escribir, con problemas económicos y un matrimonio roto, su vida se encuentra en un estado casi fantasmagórico.

Todo cambia cuando Nile Jarvis (Matthew Rhys), un carismático magnate inmobiliario, se muda a la casa de al lado. Nile es conocido por un hecho inquietante: su esposa desapareció misteriosamente y, aunque nunca se pudo demostrar nada, la opinión pública está convencida de que él la asesinó.

Lejos de huir, Aggie se obsesiona. Y lo que empieza como una investigación acaba convirtiéndose en una relación enfermiza cuando Nile le propone escribir su historia.

El duelo interpretativo: el verdadero motor de la serie

Si La bestia en mí funciona, es sobre todo por el cara a cara entre Claire Danes y Matthew Rhys.

Danes vuelve a demostrar por qué es una de las mejores actrices de su generación. Su Aggie es ansiedad pura, pero también dolor contenido. No hay glamour ni artificio: hay una madre rota que se aferra al peligro como única forma de no enfrentarse al vacío. Su interpretación convierte el duelo en algo físico, casi incómodo de observar.

Matthew Rhys, por su parte, construye a Nile Jarvis como un depredador silencioso. No necesita alzar la voz ni recurrir a la violencia explícita. Su amenaza está en la sonrisa, en la invasión constante del espacio personal, en ese encanto que resulta profundamente perturbador. Si te conquistó en The Americans o Perry Mason, aquí disfrutarás odiándolo.

La relación entre ambos no es romántica, es tóxica. Un juego de gato y ratón en el que nunca está claro quién observa a quién.

Mención especial para el reparto secundario: Brittany Snow, como la nueva esposa de Nile, aporta capas inesperadas bajo su fachada perfecta, y Jonathan Banks impone autoridad con la sola presencia, fiel a su reputación.

Matthew Rhys encarna a un personaje muy parecido a Robert Durst en 'La bestia en mí'

La bestia interior: duelo, morbo y true crime

El título no engaña. La bestia en mí habla, sobre todo, de lo que ocurre cuando el duelo no se procesa.

Aggie cree estar persiguiendo a un monstruo externo, pero la serie se pregunta constantemente qué ocurre cuando miramos demasiado tiempo al abismo. ¿Qué parte oscura despertamos dentro de nosotros?

Aquí entra una crítica interesante a nuestra obsesión colectiva por el true crime. En una escena clave, Nile afirma que el público no quiere esperanza, sino carnicería. La serie nos devuelve la pregunta: ¿por qué nos resulta tan entretenido el dolor ajeno?

Aggie utiliza la historia de Nile como una forma de vampirismo emocional, una vía para volver a sentirse viva y creativa. En este punto, los paralelismos con Robert Durst, protagonista del documental The Jinx, son imposibles de ignorar: heredero inmobiliario, esposa desaparecida, carisma inquietante y una verdad siempre fuera de alcance.

Si te interesa cómo la ficción usa el thriller para hablar de temas incómodos, Andor es otro ejemplo reciente que, desde la ciencia ficción, analiza el poder, la moralidad y las zonas grises de sus personajes.

Apartado técnico y problemas de ritmo

A nivel técnico, La bestia en mí es un producto claramente alineado con el sello “Netflix Prestige”. La fotografía apuesta por tonos fríos y azules para reflejar la soledad de Aggie, en contraste con la calidez engañosa del hogar de Nile.

Antonio Campos arriesga con una puesta en escena cuidada y algunos planos poco convencionales que elevan la serie por encima del thriller televisivo estándar. La mayor parte de la acción se desarrolla en las dos casas, reforzando una sensación de encierro constante.

El principal problema está en el guion. Aunque los diálogos son afilados, la trama recurre en ocasiones a lugares comunes del género. Algunos giros resultan previsibles y, en el tramo central (especialmente en los episodios 4 y 5), el ritmo se resiente. Ciertas decisiones de los personajes rozan lo inverosímil para mantener la tensión.

Aun así, la atmósfera consigue sostener el interés hasta el final.

Veredicto final

La bestia en mí no reinventa el thriller psicológico. No es Mindhunter ni la primera temporada de True Detective.

Pero sí es una serie tremendamente adictiva, perfecta para un fin de semana lluvioso. Merece la pena solo por el nivel interpretativo de Claire Danes y Matthew Rhys, que elevan un guion correcto hasta convertirlo en un producto notable.

No es una serie de 10, pero dentro del océano de estrenos de Netflix, es una de las opciones más sólidas..

Como ocurre en Anatomía de un instante, la serie no se centra tanto en el misterio como en las decisiones morales de sus personajes cuando el contexto los empuja al límite.

Veredicto Cultura Seriéfila:

  • Si buscas una trama revolucionaria, puede que te frustre.
  • Si buscas tensión, actuaciones de nivel Emmy y un final que invita al debate, deberías verla.

¿Y tú qué opinas? ¿Crees que Aggie cruza una línea peligrosa o es la única forma que tiene de sobrevivir a su dolor?

Si quieres más análisis como este, en el podcast Cultura Seriéfila hablamos de estrenos, thrillers y series desde una mirada crítica y cinematográfica. Disponible en iVoox, Spotify y Apple Podcasts. De hecho, aquí tienes el episodio donde hablamos de La bestia en mí.

‘Andor’: por qué es una de las mejores series políticas de los últimos años

Este artículo acompaña al análisis en vídeo de Cultura Seriéfila, que puedes ver incrustado más abajo.

Cuando pensamos en Star Wars, solemos pensar en aventuras, mitología, héroes claros y villanos definidos. Lo político siempre ha estado ahí, pero casi como un decorado. Por eso resulta tan sorprendente que una de las series políticas más potentes de los últimos años se encuentre precisamente dentro de este universo.

Andor no solo amplía la franquicia: la redefine. Y lo hace desde un lugar incómodo, adulto y profundamente humano.

Ficha técnica y sinopsis

Andor es una precuela de Rogue One, que a su vez lo es de Star Wars: Episodio IV. La serie está protagonizada por Diego Luna, acompañado por un reparto de enorme nivel en el que destacan Stellan Skarsgård, además de numerosos secundarios de peso.

El creador y showrunner es Tony Gilroy, guionista de Rogue One, que aquí dispone de un margen creativo mucho mayor. La serie cuenta con dos temporadas de 12 episodios, estructuradas en arcos narrativos de tres capítulos, una decisión clave para su ritmo y desarrollo dramático.

La serie sigue a Cassian Andor cinco años antes de los acontecimientos de Rogue One, mostrando su transformación de ladrón cínico y superviviente a pieza clave de la Alianza Rebelde. En paralelo, la historia explora el nacimiento de la rebelión, los mecanismos del Imperio y las complejas decisiones morales que deben afrontar tanto los oprimidos como los opresores.

Un cambio radical de enfoque dentro de Star Wars

Muchas de las ideas que plantea Andor no son nuevas en la saga: el individuo que acaba liderando una causa mayor, los sacrificios necesarios para lograr el bien común o las primeras pinceladas políticas. Lo hemos visto antes en personajes como Han Solo o Lando Calrissian.

La diferencia está en el enfoque. En Andor, la política deja de ser un telón de fondo para convertirse en el verdadero tema central. Y lo hace desde un prisma mucho más realista, adulto y humano.

Tony Gilroy toma una decisión clave: humanizar absolutamente a todos los personajes. Aquí no hay héroes impolutos ni villanos caricaturescos. Los rebeldes manipulan, mienten y sacrifican personas. Los imperiales no son malos “porque sí”: tienen rutinas, turnos, días libres y una vida fuera del trabajo.

Esto cambia por completo la experiencia del espectador. Cuando llega la acción, ya conocemos las motivaciones de cada bando. Sabemos por qué hacen lo que hacen.

Los héroes y lo villanos se mueven en terrenos grises en 'Andor'

Nadie sale limpio: moralidad y supervivencia

Personajes como Luthen Rael encarnan a la perfección esta ambigüedad moral. Es consciente de que está condenado: para luchar contra el Imperio ha tenido que traicionar, delatar y utilizar a otros como piezas sacrificables.

Cassian Andor tampoco es un héroe clásico. Toma decisiones egoístas, actúa muchas veces por pura supervivencia y no por convicción ideológica. La rebelión no nace del idealismo, sino de la necesidad. Aquí, hacer el bien es una consecuencia, no un objetivo inicial.

Andor plantea una idea incómoda pero honesta: toda revolución tiene un coste, y ese coste rara vez lo pagan quienes toman las decisiones desde arriba.

Realismo político y paralelismos inquietantes

El Imperio siempre ha sido una metáfora de los regímenes autoritarios, pero Andor lleva esta idea mucho más lejos. En la serie vemos represión sistemática, exterminio de poblaciones, expolio de recursos, prisiones políticas y trabajos forzados.

Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes es su control del relato. Por primera vez, el Imperio no solo gobierna con violencia, sino también con desinformación y propaganda. El caso de Ghorman es especialmente revelador: manipular a una población hasta lograr sus objetivos y, además, hacerlo parecer legítimo.

Aquí Andor conecta directamente con nuestro presente y convierte la ciencia ficción en un espejo incómodamente reconocible.

Un nivel técnico de primer nivel cinematográfico

Disney+ apostó fuerte por Andor, y se nota. El presupuesto está en pantalla en cada apartado técnico: desde el reparto, pasando por la recreación de planetas inéditos, el uso del CGI o la puesta en escena de las secuencias más espectaculares.

Pero lo verdaderamente importante es que todo ese despliegue visual está al servicio del guion, no al revés. La serie podría funcionar incluso con menos artificio, porque la base dramática es sólida.

No es un producto pensado para todos los públicos ni para todas las edades, como The Mandalorian. Es una serie exigente, reflexiva y política, que busca ir más allá del entretenimiento inmediato y enfrentarnos al mundo en el que vivimos.

Conclusión: una anomalía necesaria

Andor ha devuelto la fe en una franquicia que parecía atrapada en la repetición y el miedo al riesgo. No es una serie perfecta: puede dar pereza empezar, algunos arcos funcionan mejor que otros y exige paciencia.

Pero precisamente por eso es tan valiosa. En un panorama audiovisual conservador, Andor es casi un milagro creativo.

Para mí, sin duda, es una de las mejores series de 2025 y un ejemplo de cómo las grandes franquicias todavía pueden contar historias adultas, incómodas y relevantes.

En ese sentido, Andor dialoga muy bien con otras ficciones recientes que analizan el poder, la política y la fragilidad de los sistemas democráticos desde una puesta en escena cinematográfica. Un buen ejemplo es Anatomía de un instante, la miniserie de Movistar Plus+ dirigida por Alberto Rodríguez, que aborda el 23-F no como una lección de historia, sino como un thriller político sobre decisiones morales en momentos límite.

Ambas series, desde universos radicalmente distintos, comparten una misma mirada: mostrar que la política no es abstracta, sino que se construye a partir de personas imperfectas tomando decisiones irreversibles bajo una presión extrema.

Ahora te toca a ti: ¿qué opinas de Andor? ¿Crees que otras sagas deberían atreverse con propuestas similares?

Si te interesa este tipo de análisis, en el podcast Cultura Seriéfila hablamos de estrenos, tendencias y series desde una mirada crítica y cinematográfica. Disponible en iVoox, Spotify y Apple Podcasts. De hecho, te dejo aquí abajo el episodio en el que mencionamos las mejores series de 2025.

‘Little Bird’: la ficción televisiva también sirve para hacer justicia

La serie 'Little Bird' está disponible en Filmin y aborda el tema de los niños robados en los años 60 en Canadá y Estados Unidos.

Las series de televisión son definidas a menudo como mero entretenimiento, pero casi todos sabemos que es mucho más que eso. Al igual que el cine, la ficción televisiva se trata de un catalizador de la cultura, la educación y el arte. Por supuesto, también nos abre ventanas a otras realidades que, por distancia y el paso del tiempo, han quedado enterradas o sin contar nunca. Little Bird es una de esas series que nos conciencian y nos abren la mente, una imprescindible para el espectador que no solo busca entretenimiento.

Esta pequeña serie canadiense fue creada en 2023 por Jennifer Podemski, actriz y escritora hija de padre judío y madre indígena; y Hanna Moscovitch, una dramaturga judía cuyos padres provenían de Rumanía y Ucrania. Con este trasfondo, ambas creadoras se dispusieron a contar la historia de Esther Rosemblum, una mujer que fue adoptada cuando tenía cinco años por una acomodada familia judía de Vancouver. Cuando se compromete con su novio, se pregunta por sus orígenes y emprende un viaje de vuelta para conocer a su familia biológica. Paralelamente, a modo de flashback, volvemos a los años 60 para recordar el momento en el que la niña pasó a manos del estado canadiense ante la impotencia de sus padres.

Antes de acusar a los Estados Unidos y Canadá de robar niños hay que ofrecer cierto contexto histórico. Durante los años 60, se aprobaron leyes de protección al menor al mismo tiempo que ya existían las llamadas ‘reservas indias’, que ya sabéis que tienen una forma de funcionar propia y que en cierto modo tienen sus propias leyes. Lo que puede parecernos hoy en día una ley imprescindible en cualquier democracia occidental se pervirtió de una forma importante al intentar aplicarlas a los pueblos indígenas. Asuntos sociales entraba en las reservas y ante niños sin escolarizar, sin frigorífico y otras comodidades que se suponían garantizadas en el mundo civilizado, con una breve evaluación, se los llevaban de forma indiscriminada sin que los padres pudieran hacer nada, legalmente hablando.

Eso es lo que explica Little Bird, de forma clara y sin rodeos en sus primeros episodios para luego convertirse en la aventura de Bezhig (el verdadero nombre de Esther) reencontrándose con los miembros de su familia, que han corrido una suerte muy diferente. Como era habitual, no todos pueden acabar en una familia que los quiere y que le dan una educación universitaria. La serie nos cuenta cómo se las gastó el gobierno para romper una familia querida y bien alimentada.

Centrándonos en la serie en sí, Little Bird es una serie austera, sin grandes alardes narrativos ni técnicos pero muy efectiva a la hora de contar la historia. En su simpleza está su brillantez, porque aunque su fotografía no sea excesivamente espectacular, sí nos enseña paisajes y planos de los personajes que nos hacen conectar espiritualmente con lo que estamos viendo. Ayuda mucho la música, que sin ser sinfónica ni épica, sí consigue que sintamos la historia como nuestra. Esa música folclórica nos acompaña, ya de paso, a aprender ritos, costumbres y tradiciones de los indígenas al mismo tiempo que lo hacen Behzig y su madre.

Todo esto nos lleva a analizar las interpretaciones de sus protagonistas, sobre todo Darla Contois, que lleva todo el peso de la serie sin histrionismos, con una contención admirable que consigue emocionar con sus leves gestos y palabras. Junto a ella tenemos un elenco lleno de actores autóctonos indígenas que dan credibilidad al relato, al mismo tiempo que visibilidad, y a Lisa Edelstein, la que fuera jefa de House en la mítica serie de los 2000.

Como conclusión, me gustaría celebrar la existencia en sí de la propia serie. En tiempos oscuros donde se critica la inclusión, la cultura woke y la racialización, Little Bird supone el ejemplo perfecto de que no está todo inventado, ni de que todas las historias están contadas. Encontraremos más series así cuando cambiemos los puntos de vista. En este caso, autoras indígenas y mujeres contando la historia que vivieron los suyos, aquellos salvajes con plumas que solían ser los villanos hace 70 años en las películas. Aquellos a los que se le arrebataron sus tierras y se les masacró, ahora tienen la oportunidad de denunciar las injusticias que se cometieron contra ellos de forma sistémica, mediante la ficción audiovisual. Para renovar el lenguaje y la narrativa, queda patente en esta serie, lo que necesitamos son nuevas voces que tengan visiones diferentes de la historia de siempre, que consigan hacernos mirar desde otro prisma y juzguemos por nosotros mismos. Las series también pueden servir para hacer justicia.

‘Saving Lisa’, la adaptación francesa de la japonesa ‘Mother’ llega a COSMO

'Saving Lisa' es la adaptación de la ficción japonesa 'Mother'

Hacia 2010 se estrenaba en Japón una serie llamada Mother, cuyo éxito internacional la han llevado a ser adaptada en varios países. Entre ellos Corea del Sur y sobre todo Turquía, que es la que ha triunfado en España. Madre (Anne) va a dar lugar a un remake español protagonizado por Adriana Ugarte y que se llamará Heridas. Pero la versión que nos ocupa es la francesa, que se estrena esta noche en COSMO a las 22:00h y se llama Saving Lisa. 

Como las anteriores, la serie nos cuenta la historia de una maestra sustituta que se fija en una niña que tiene problemas visibles pero con la que conecta al instante. Tras recurrir sin éxito a la dirección del centro y a servicios sociales, decide secuestrar a la niña para apartarla del ambiente tóxico que vive en casa. Despreciada y semi abandonada por su madre, y víctima de abusos por parte de su padrastro, Lisa ve como buenos ojos huir con Rose y ser su hija desde ese momento. La mala fortuna lleva a ambas a casa de la familia de Rose, donde conoceremos más episodios de su vida y un trauma que arrastra desde hace años. Saving Lisa, cuyo título original es Sauver Lisa, cuenta con Caroline Anglade y Capucine Sainson-Fabresse como protagonistas, y en ella encontramos la participación de la española Victoria Abril.

La actriz española sobresale con su interpretación en 'Saving Lisa'

En Saving Lisa nos encontramos con una historia sobre la maternidad, el abandono, los traumas infantiles, el amor y las malas decisiones. Todos estos temas podrían haber sido abordados desde diversas perspectivas, dulcificando la decisión de Rose e intentando ponernos de su lado descaradamente. Sin embargo, nos situamos un poco al margen de la acción a pesar de la injusticia que está sufriendo Lisa pero también comprendiendo que el rapto de la niña no es la mejor de las soluciones. Rose lo hace por un motivo oculto de su pasado, por necesidad verdadera de salvar a la niña y por su deseo de ser madre. La propuesta de la serie nos acerca más al thriller que a una serie de corte social, que es lo que yo esperaba, más cercana a La infamia o a Que viene el lobo. Al menos en sus dos primeros episodios se aleja de la crítica social, no denuncia los errores del sistema. En cambio, consigue alternar el drama con pequeños espacios para la comedia, o mejor dicho, momentos tiernos tirando al melodrama.

Interesante propuesta la que nos trae COSMO que, sin ser una serie que nos marque de por vida, sí es entretenida y nos cuenta una historia que nos haga reflexionar sobre temas muy importantes que están sobre la mesa en nuestro día a día. Tomarse la justicia por su mano puede ser una muy mala decisión, pero la ausencia de decisiones puede acabar con la infancia de una persona y destruirla de por vida. El sistema falla al igual que fallamos los seres humanos, y Saving Lisa, Madre Heridas nos lo van a contar en todos los idiomas.

Saving Lisa se estrena este jueves 27 de enero a las 22:00h en COSMO, y todos los jueves, un nuevo episodio hasta completar los seis que la componen.

 

‘Mare of Easttown’: la genialidad se disfraza de drama policial

'Mare of Easttown' es ya la serie del año

En un atardecer pueblerino, de colores grises y tonalidades que recuerdan a Lynch y las miserias que suceden tras las vidas de vecinos comunes y corrientes, tras la imagen de gente que corta el césped en sus casas, un loco suelto que corre por las calles sin rumbo, un hermano que se droga y adolescentes que se prostituyen perdiendo la inocencia e incluso la vida, en un escenario en donde el duelo combate a la par con los deseos de amar, sanar y reconstruir, se teje la historia de un personaje quebrado, en permanente caos y alerta que busca a regañadientes reconciliarse con el mundo. Mare of Easttown, es Kate Winslet, la policía del pueblo, querida y respetada, la que desenreda los entuertos, dramas familiares y robos, mientras debe lidiar con sus propias dificultades y las pesadas cadenas que ha dejado la muerte de uno de sus hijos. Todo parece cotidiano, hasta la noche en que Erin (Cailee Spaeny) es asesinada. La muchacha, cuya relación con Dylan ( Jack Mulhern) el padre de su hijo es para nada cordial, es encontrada a las afueras del pueblo citadino, escenario que susurra cual fantasma del pasado trayendo de regreso la desaparición de otra joven, Katie, perdida en Easttown hace un año.  Tras el impacto de los hechos, se le asignará a Mare un compañero, Colin Zabel (Evan Peters), joven detective, vivaz y aplicado. Los miedos y los pecados en la trastienda de la comunidad, deberán enfrentar una lucha cotidiana que involucra desenterrar demonios y culpas.

El director, Craig Zobel, toma las riendas de la historia del guionista y creador Brad Ingelsby, para mostrarnos lo que existe bajo la piel rasguñada de una comunidad como cualquiera, en un armado argumental equilibrado al detalle. El quehacer cotidiano, el día a día y la vida de las familias y vecinos, serán el punto de partida a una serie de eventos, a una trampa que contrasta con las apacibles apariencias. No es necesario repetir lo que tantos han dicho. Sin embargo, cabe reafirmar lo que deambula por Internet: la serie, es lo mejor del año, por el momento. Y ya se subirá al merecido podio al final. Dicho esto, comentaré algunos de los aspectos más interesantes de la misma.

Podemos señalar tres puntos destacables en la construcción de la historia. Toda la narración está basada en el arquetipo clásico del misterio, poniendo de cabeza a investigadores y ciudadanos. Mare of Easttown, es un drama policial, en donde somos testigos de un cruento asesinato. En segundo lugar, nos instala en el proceso evolutivo del duelo. En la manera en que colocamos hielo sobre las heridas, intentando sepultar una culpa sobre otra. Aquello, termina por establecer un círculo vicioso de dolor y conformidad. Esta punta de lanza, se clava en la tierra para señalar el territorio de una nueva  travesía : una última estación representada por la despedida, los abrazos apretados alrededor de la casa, el confortable terruño, aquel paraje que amamos y que debemos abandonar en busca de los sueños. El hombre amado, que brinda paz y calor, la hija que anhela un nuevo comienzo, el pequeño que acarrea las debilidades de los adultos y que paga por ellas, el muchacho valiente que deja la vida haciendo lo que ama y le dicta su determinación. Todo acaba en la partida, dejando huellas y moralejas. Estos conceptos, se aparean y germinan para dar a luz a la transformación. El viaje del héroe, en un introspectivo descenso que lo transporta a la senda de  la paz definitiva.

Uno de los puntos fuertes de 'Mare of Easttown' es un reparto de auténtico lujo

El ritmo del guion, los intervalos constantes, las pausas y los diálogos. Todo se cohesiona en favor de la crónica. Sin embargo, no lo hace a través de la típica explotación del crimen y sus aristas. En Mare of Easttown, la muerte es el objeto del que se vale la narración para contarnos la verdad, una trama que bucea en las almas desnudas, en los pecados y en las culpas, en los secretos de los personajes y la manera en que todos se conectan y evolucionan. Aquel relato coral, se vale del carácter particular de sus protagonistas. Rudos, alegres, perdidos o locos, todos nos impactan, cada uno partícipe de un rol determinado.

A pesar de utilizar evidentes estereotipos, las magníficas actuaciones, potencian las funciones y roles de los personajes. Aún estando equivocados o  desnudos de moralidad, funcionan como las piezas de un lujoso reloj, siendo grises, dubitativos, capaces de amar de manera bestial, o dispuestos a ocultar la más sórdida de las verdades. La crueldad de la vida se alza frente a ellos. No se trata de la  miel que brota de los panales. Es la miel de la tragedia, salpicada de momentos maravillosos y nostálgicos. 

La fotografía y los escenarios, con sus paletas otoñales, duras y sobrias, evocan nostalgia. Hay un aire de redención, atardeceres melancólicos y un borboteo desnudo de animales en peligro, en donde planos y pausas se utilizan con sobrias y cuidadas intersecciones. No hay lagunas ni sobreexposición. Se desarrolla con lúcida y fresca narrativa, siendo entretenida, emotiva e irónica, llevándose la dicha y la satisfacción del televidente. Su simbología, determinante y fructífera, nos transporta hacia  la matriz en donde madres e hijos permanecen atados a pesar de la desolación, las fracturas y los pecados.

Kate Winslet y Guy Pearce repiten en 'Mare of Eastown' tras otra mini serie de HBO, 'Mildred Pearce'.

Mare of Easttown, es una bulliciosa metáfora sobre la familia y la cuna, el nido de pájaros que representa la crianza, la entrega desinteresada e incondicional de la madre, con la misión de  proteger y procurar la madurez. Es un viaje hacia la aceptación. Despejando piedras en el camino, sus personajes imperfectos, caen y se levantan sobre un suelo arenoso en una doble moralidad, que pretende sostener lo que está por derrumbarse. Desde la cotidiana ironía, lo hogareño y lo afable, hasta la cruda  e inevitable visita de la muerte, es la bala que se queda en un árbol impávido, ahogado en el grito sordo de las víctimas. Una lúcida alegoría que nos habla de la inocencia, lo impredecible y catastrófico con una ambigua pureza que sobrecoge y sorprende.

¿Correcto o incorrecto? ¿Moral o inmoral? ¿Con qué vara medimos la decencia y la virtud en los seres humanos? Al final, todo queda subordinado a la experiencia y el aprendizaje. Mark Burton, diácono del pueblo, dirá al finalizar: ¿Porqué irme de aquí? Este es mi hogar. Porque, es eso lo que buscamos: echar raíces y germinar,  pasando pruebas y obstáculos. Bienaventurados los imperfectos. Suerte para ellos.

Mare of Easttown está disponible completa bajo demanda en HBO España.

‘The Nevers’: Las pretenciosas heroínas de la época victoriana

The Nevers, una de las últimas apuestas de HBO, ha concluido su primera temporada con un tibio resultado, mezclando aventuras, misterio y fantasía. Esta vez, inmersos en el Londres de la época victoriana, carruajes de caballos y damas de elaborados y enormes vestidos. Su director, Joss Whedon, ha optado por una representación saturada y un tanto caótica del universo femenino, en donde corta, copia y pega tópicos tradicionales para fundirlos con el cómic, los superhéroes y la novela negra detectivesca, homologando estos géneros con un resultado dispar.

Este enjambre pintoresco de personajes, narra la historia de un grupo de mujeres con poderes extraordinarios. Algunas, sobresalen en habilidades, ingenio y destreza , mientras otras, son simples herederas de alguna característica especial. Su protagonista, Amalia True (Laura Donelly) lidera a este grupo de exiliadas mientras busca respuesta a las recurrentes visiones del futuro que la aquejan. Siempre al lado de su fiel compañera Penance Adair (Ann Skelly) una joven inventora que experimenta con artefactos adelantados a su época. Juntas, van tras la pista de una estrafalaria asesina conocida como Maladie (Amy Manson) quien pretende desatar el caos entre policías y señores de la política. Mientras tanto, el rudo y tosco detective Frank Mundi (Ben Chaplin) intenta detener la oleada de crímenes y desentrañar el misterio que rodea a las Tocadas, aquellas personas que luego de un suceso enigmático y celestial, han adquirido este tipo de cualidades inexplicables.

La serie destaca por un acabado elegante y una hermosa reconstrucción de la época, con buenos escenarios, una lograda ambientación y un aspecto que nos sumerge en los grises crepusculares del 1800. Un esplendoroso vestuario y una atmósfera sobria decantan sobre un tono entre callejero e industrial, aspecto que contrasta con los escenarios lujosos de la clase alta y dominante de aquel período de la historia.

The Nevers, se construye sobre un linaje de personajes segregados, marginados que desean un sitio en el mundo, respeto e identidad. Es un discurso que plantea una herencia tradicional, aquella que nos habla del héroe y su destino, de las dudas y la aceptación, el miedo y el valor. No obstante, es también un manifiesto. Utiliza para esto un lenguaje metafórico, representando a las fuerzas del bien y del mal en polos opuestos, en diferentes escalones, en un mundo dominado por el hombre y la política. La mujer, es una esclava de la modernidad, una exiliada de la revolución, en busca de reconocimiento. Dentro de ella, late la semilla aterradora de la emancipación, un aura feminista inaceptable para los nobles, quienes temen por la caída de las instituciones y las normas. Las Tocadas, representan el cambio. Una amenaza a la sociedad que debe ser silenciada.

Interesante cuestión, a pesar de tratarse de un tópico repetido. Entonces, si el relato se desnuda y parece redundante: ¿Qué cosa nos queda? Pues, quedan siempre los extras. Los giros y la acción. Aquí, la serie se esfuerza por imprimir energía, con algunas peleas y regulares coreografías. Sin embargo, al final, son tenues reflectores. La narrativa se endurece, tambalea y cojea, porque no logra mantener el misterio ni la tensión. Los diálogos, demasiado extensos y confusos, hostigan y se eternizan, muchas veces gratuitos y carentes de peso. The Nevers, es prisionera de un guion que parece experimental. No logra establecer una temática sugerente, siendo sólo una cadena de eventos dispersos, huérfanos de horizonte, con una trama enmarañada que poco ayuda a la acción. Hay episodios que parecen una especie de teatro, donde las escenas se alargan, conversación tras conversación, agotando al espectador. No existen enfrentamientos que te erizan los pelos, ni adrenalina que te mantenga al borde del asiento. Para enladrillar sus paredes, intenta a ratos potenciarse con recursos humorísticos y momentos emotivos, que terminan en tibias muecas actorales. Te da un dulce y al rato, te lo quita de la boca, no consigue atraparte merced a sus baches argumentales y su ritmo. Por otro lado, los villanos, son simplones y burdos. La mayoría de ellos, carecen de motivación, son planos y titiritescos, como en el caso de Maladie, que desquicia con su parafernalia circense y obsesiva. Los demás antagonistas, pululan con sus trajes y conversaciones aburridas, o juegan a interpretar el papel de grotescos malhechores o locos.

Como plato de fondo, una vuelta de tuerca en el último episodio, no hace más que meter más serrín en la chaqueta. Saliendo de un bucle, digno de Einstein, se instala como la nave de un hombrecillo verde en la trama. No haré spoilers sobre el asunto, pero advierto que dejará más cuerda para desenredar, por lo que podría gustarte o enojarte de veras. Aún así, se agradece que establezca una secuencia lógica de los hechos, después de 5 capítulos viviendo en el limbo. Es cierto, coloca nuevos elementos que podrían augurar una mejor continuidad. Sin embargo, a mi parecer, se juega con demasiados abanicos posibles. Demasiadas cosas en un saco que amenaza con romperse.

Con buenas actuaciones, sin ser espectaculares, si quieres encontrar el fuego de Prometeo, difícilmente lo hallarás. Con un poco de recorte, más acción y sobre todo, un guion equilibrado, reconciliarme con las damas, no sería descabellado. Podrían hasta gustarme con sus artilugios y empoderamiento. Al final, The Nevers, puede ser una galleta acompañada de un té. No es nada grandilocuente, pero aplaca la soledad. Si estás dispuesto a saltar todas sus fosas, no creo que te aburras. De paso, te deleitas con sus bonitos vestidos victorianos.

La primera temporada de The Nevers está disponible completa bajo demanda en HBO España.

‘Servant’ T2: Humor negro, rituales y suspense

Este artículo contiene spoilers de las dos temporadas de Servant

Antes de la decadencia del cine de terror, antes del reciclaje, los jumpscares y los monstruos que dan más risa que miedo, hubo clásicos inolvidables y ganas de crear historias de calidad. El horror de nuestra época ha llegado convertirse en un género desprestigiado, uno que ha costado bastante reflotar y que merced al atrevimiento de algunos nóveles directores, ha vuelto a reencantar a los fanáticos acérrimos de lo  oculto y perturbador. Arrastrada por la corriente de estas renovadas ideas, Servant es un híbrido que se saborea como los deliciosos platillos del mejor de los cocineros.

Estrenada en 2020, por Apple TV+, nos regala lo más sólido de la filmografía de M. Night Shyamalan, creador de Sexto Sentido, Señales y El Protegido, quien acompañado de Tony Basgallop, da vida a la enigmática historia de los Turner, un matrimonio compuesto por un Chef de renombre y una vivaz reportera quienes pierden a su hijo en circunstancias macabras. Este pequeño, reemplazado por un muñeco debido a la hecatombe mental de la madre, volverá a llorar y a patalear cuando irrumpa en sus vidas el personaje de Leanne (Nell Tiger Free) una joven misteriosa contratada como niñera. La historia es un cuento fantástico sobre sectas y seres que vuelven de la muerte con la misión de servir a familias desesperadas. La desaparición de la muchacha y la pérdida de Jericho (bebé de los protagonistas) terminarán por cerrar la primera temporada, dejando a la pareja abatida y confusa. 

Un tiempo ha pasado y el imaginario regresa con diez nuevos episodios,  siendo igual de adictiva sobre la base de la ingeniosa mezcla de géneros que conviven en la obra. Servant, no es sólo misterio, es un abanico de posibilidades: humor negro, tragedia, thriller psicológico y enredos. Todo sobre la base de un acto coral reducido y brillante, con sólidas actuaciones y personajes queribles.

En esta nueva aventura, Sean (Toby Kebbel), Dorothy (Lauren Ambrose) y Julian (Rupert Grint) buscarán incansablemente a la desaparecida sirvienta, creyendo que tanto ella como su inquietante tío George (Boris McGiver) son responsables del rapto. La serie sale a ratos de la claustrofóbica casa de los protagonistas. Sin embargo, sigue transcurriendo mayormente en el hogar. Dicha casa es el útero que contiene la tragedia entre sus paredes. No obstante, este monolito sacrosanto se fractura para volverse caótico y asfixiante. Este aspecto simbólico, se une a otros como la comida, elemento asociado a la transmutación. Los animales sacrificados, renacen sobre la mesa como si fueran ofrendas preparadas por Sean. Servant se nutre de la ritualidad, las artes mágicas y el dogmatismo. Un cristianismo penitente, reglamentos sectarios y el miedo a la autonomía son recurrentes en la historia, así como la inmaculada virtud de la joven. La virginidad, el apetito sexual e incluso el amor, son actos pecaminosos y por ende prohibidos.

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Bajo este punto de vista, los Turner, socialmente exitosos, se transforman en pálidas representaciones de lo que fueron, incapaces de procesar lo sucedido en el pasado. Involucrados en situaciones absurdas y disparatadas, son actores de una obra montada sobre la mentira. Luego de idear una serie de planes, llegarán hasta el paradero de la enigmática sirvienta, la que será secuestrada y encerrada en la casa. Mientras tanto, una grieta en el sótano se abre y agiganta. Pugna por revelar la horrible verdad. Como si gritase desde el fondo de la húmeda tierra. Allí,  la cordura se evapora y los insectos deambulan. Dorothy, colapsada por la situación, vivirá episodios psicóticos y violentos. Leanne, encerrada en el ático bajo la silenciosa mirada de un pulcro maniquí, será víctima de sus ataques. Estresada por la situación, agotada y aburrida, decide sepultar la figura de una madre malvada y narcisista mientras renuncia a los mandatos de la secta a la que pertenece.

En este punto, logra conectar con la agonía de los Turner y decide ayudarlos. La honestidad con la que desean el regreso de Jericho y la firme decisión de la madre del bebé quien está al borde del suicidio, logran su cometido. A pesar de que sus actos sean más que cuestionables, conseguirán la redención para reconciliarse con la joven. La promesa de una nueva y auténtica familia, terminará por unirlos a pesar de las consecuencias. La sirvienta, utilizará sus poderes para devolverles la felicidad asumiendo el castigo.

Servant se nutre de un espíritu urbano y moderno e incorpora elementos propios de la leyenda. Tiene un aire rural, un folk horror de personajes extraños e inquietantes siendo un cuento que entretiene, con sus idas y venidas. A pesar de redundar y de perder contundencia en uno o dos episodios, de igual modo te agarra con sus pálidas manos.  La tradición de los muertos y el puente que los une con los seres humanos, sigue siendo atractiva pues se utiliza con ingenio. La tierra y el cielo, pactan como lo hace el diablo con sus fieles. Leanne evoluciona y se fortalece al romper con el contrato y yendo en contra de sus tíos. La guerra se avecina y termina siendo inevitable.

Un show espeluznante, una comedia de horror, un thriller psicológico, una rara novela o mito contemporáneo: Servant es un pulpo de largas y ventosas extremidades. Una buena medicina para los días de encierro. Pues, que siga adelante. Nos merecemos la extrañeza y la endeble salubridad mental de sus historias. 

‘Allen vs. Farrow’: un final ‘made in Hollywood’ (o no)

Mia Farrow y su hija Dylan exponen el caso 'Allen vs. Farrow', en HBO España

Cuando los documentales apelan al sensacionalismo, pueden resultar en adictivas historias a pesar de sus falencias, o caer en la mediocridad siendo pálidas expresiones de los acontecimientos. Allen vs. Farrow, es un poco de aquello. Trozos dispersos que buscan sobrecoger, generar rabia o empatía pero que acaban convertidos en una antojadiza representación.

Kirby Dick y Amy Ziering nos remontan al año 1992. Woody Allen, galardonado director, es acusado por Mia Farrow, su novia y actriz, de abuso sexual. La víctima, su hija adoptiva, Dylan, de cinco años de edad. Los tabloides, privilegiados testigos de aquella época, fueron espectadores activos de este melodrama judicial, una sórdida historia de acusaciones y demandas entre reconocidas y exitosas estrellas de Hollywood. El también escritor, hacía pública entonces su inaudita relación con otra de las niñas adoptadas por Mia, Soon Yi-Previn, lo que terminaría por colocar toneladas de carbón en el fuego incandescente. Finalmente, Allen sería exonerado y declarado inocente del cargo imputado. Luego, en un juicio posterior terminaría perdiendo la custodia de sus hijos, la que había reclamado acusando a Farrow de incapaz y de manipular a su retoño para que inventase lo del abuso.

Un par de décadas han pasado en un mundo sobresaltado y dominado por Internet. En un afán correctivo, hombres y mujeres han abandonado el conformismo para pavonearse en las calles con el fin de censurar, clausurar y cancelar todo acto considerado incorrecto o extremista. Aquel clamor popular ha sido liberador y más que necesario. Sin embargo, hijos míos: a veces las cenizas huelen como las hogueras encendidas en Salem. Existen grises en el mundo. Y no todo justiciero es un hombre venerable. Extrapolando esto a la televisión, este fenómeno se instala y se expande como la gripe, cuestionando los hábitos de la poderosa industria del entretenimiento. Secretos y conspiraciones, vicios y crímenes encubiertos por señores de cuello y corbata, son platillos cotidianos. 

Ronan, Mia y Dylan Farrow en una imagen de 'Allen vs. Farrow'

En Allen vs. Farrow, esta fórmula constituye el meollo del asunto. Establece el poder, personificado en un ente todopoderoso y brutal que se encarga de tapar oscuros asuntos, protegiendo a los suyos. El documental actualiza (o pretende actualizar) lo que ya conocemos. Las versiones del hecho se vuelven a explicar entre testimonios y charlas. Sin embargo, desde el principio tropezamos con una premisa evidente. Allen, no existe. Existe Farrow. Las amigas de Farrow y los testimonios de los Farrow. No hay nuevos aportes. Tampoco revelaciones. Sólo la palabra del clan involucrado. Aquella exclusión de uno de los intervinientes, genera molestia pues la exposición de los acontecimientos se vuelve unilateral. 

Los dos primeros episodios son un crisol de declaraciones que pretenden argumentar y dar claridad a los hechos, los que terminan en especulaciones a pesar de que se esfuerzan en dar vívida credibilidad. Especial atención merecen las asociaciones realizadas por escritoras o cronistas de espectáculo que han seguido y estudiado la obra de Allen, los que establecen un nexo entre la obra del autor y la vida real (¿?) pasando por alto, sin arrugar una ceja, que la literatura es ficción, que se constituye de la imitación y la verosimilitud con nuestro mundo pero que no representa una prueba criminal o es suficiente para diagnosticar algún tipo de trastorno o inclinación. Curioso, en verdad. No hay duda de que tenemos a un adulto atípico y extraño. Su carácter y personalidad siempre han sido particulares. Pero, si vamos a catalogar a la gente por sus actitudes, los Farrow tampoco son un modelo de normalidad. Conforman una especie de aldea sectaria, llena de hijos adoptados que viven como hippies en un mundo feliz. También hay tela que cortar en la atalaya de la actriz. Y aquí no se habla de los aspectos turbios de la familia, también conocidos a través de la prensa. Las razones del quiebre que termina con Soon-Yi (actual esposa de Woody) desvinculada de su madre, carecen de versiones actualizadas de la contraparte. Tanto ella como Allen, se han negado a participar. Tampoco hay mucho de Moses (Moses Farrow), uno más de los niños distanciados de Mia quien sigue apoyando tajantemente a su padre alegando maltrato y golpes en el hogar. Tampoco se mencionan los hechos que llevaron al lamentable suicidio de otros dos hijos adoptados. Y podríamos seguir aludiendo a diversas historias y notas. Como vemos, hay mucha nebulosa en torno a los protagonistas. Demasiada, a mi parecer. 

Foto familiar de Woody Allen y Mia Farrow con sus hijos

Los episodios finales, especialmente el tercero, se empeñan en estructurar un piso firme y contundente, sin conseguirlo. Evidencian la pobreza del material utilizado. Sólo hay audios entrecortados, grabaciones que podrían ser o no modificadas y algunas notas pequeñas que parecen irónicas por lo breve que son, en una obra que se construye sobre la única visión de las víctimas (supuestas) de esta tórrida historia. Acaba siendo un melodrama cruel de la realidad, porque no logra convencer y se vuelve una guerra de todos contra Allen. Finalmente, con encuadres tristes y melancólicos, vemos a Dylan reviviendo el abuso de antaño. Su relato es reflexivo, ajeno a datos escabrosos y solidario en su retórica. La joven, opta por establecer un nexo con el mundo para convertirse en referente de otras mujeres violentadas. Hay rabia, trauma y dolor. Pero, todo controlado, para no pecar de amarillismo. Es casi conciliadora, protegida por el hogar y  los brazos de su cónyuge. Esta joven, manipulada por su madre, imaginando lo sucedido o narrando la verdad, plantea una pregunta difícil de responder. Todo apela a nuestra percepción, enteramente subjetiva. 

Desde mi océano de expectativas, visto el total de la serie, se torna insuficiente. Algo evita que puedas empatizar con el relato. Posiblemente, la intención. La forma de construir y mostrar las evidencias. Los testimonios. Las teorías. Se siente como caminar dos horas sobre la arena. Para terminar fastidiada y con los tenis llenos de piedras. 

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Allen vs. Farrow, se olvida de la rigurosidad. Se viste de bondad para manipular  las emociones y la percepción del espectador. Es unilateral, desbalanceada, capciosa y especulativa, repitiendo la premisa de algunas predecesoras pero sin dar en el clavo. Peca de exacerbar presunciones y comentarios empujando el carro hacia un lado, sin un ápice de culpa. Y lo hace a propósito, porque así lo decide. Lo que es indiscutible, es la cortina que se niega a desaparecer con los años en donde cada contrincante ha permanecido inalterable, a costa de estropear la vida de unos niños que han crecido bajo la sombra de la  lucha y el resentimiento. Hay destrucción por donde se mire. Seguramente, traiciones. Venganza. Desamor. El colapso de un idílico sueño hollywoodense. Y, como cita el documental, seguramente jamás sabremos lo que ocurrió. Bueno o malo, juzgue usted por su cuenta. Podríamos debatir sobre la obra y el artista. Sobre la moral y la rectitud. Sobre lo que amamos de nuestros ídolos y lo que podemos perdonar. Nos cuesta cuestionar o ir en contra de lo que admiramos. Por eso existe la ley. Para iluminarnos, supongo. En este caso, puedes optar y resolver el problema por tu cuenta. Bucear en lo profundo para terminar con el misterio. 

Allen vs. Farrow está disponible completo bajo demanda en HBO España