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The Beast in Me: ¿merece la pena este thriller psicológico de Netflix?

La bestia en mí, Claire Danes y Matthew Rhys en un juego del ratoón y el gato entre vecinos

Este artículo acompaña al análisis en vídeo de Cultura Seriéfila, que puedes ver incrustado más abajo.

Seamos honestos: una de las grandes verdades incómodas de Netflix es que pasamos más tiempo buscando algo que ver que viéndolo. Y no hay nada peor que invertir seis horas en una miniserie para descubrir que podrías habértelas ahorrado. Por eso proyectos como La bestia en mí son tan importantes… y tan peligrosos. Sobre el papel lo tienen todo para triunfar: Claire Danes, Matthew Rhys y parte del equipo creativo detrás de Homeland y 24. Pero la pregunta es inevitable: ¿estamos ante un thriller psicológico que justifica el maratón o solo frente a otro producto bien interpretado con una trama reconocible?

Ficha técnica y sinopsis

La bestia en mí es una miniserie limitada de Netflix, estrenada el 13 de noviembre, creada por Gabe Rotter (guionista de Expediente X) junto al showrunner Howard Gordon, responsable de algunos de los momentos más tensos de 24 y Homeland. La dirección corre a cargo de Antonio Campos, especialista en thrillers psicológicos y true crime como The Staircase o The Sinner.

La premisa es tan clásica como efectiva:

Aggie Wiggs (Claire Danes) es una escritora ganadora del Pulitzer que, tras la muerte de su hijo pequeño, se ha retirado de la vida pública. Incapaz de escribir, con problemas económicos y un matrimonio roto, su vida se encuentra en un estado casi fantasmagórico.

Todo cambia cuando Nile Jarvis (Matthew Rhys), un carismático magnate inmobiliario, se muda a la casa de al lado. Nile es conocido por un hecho inquietante: su esposa desapareció misteriosamente y, aunque nunca se pudo demostrar nada, la opinión pública está convencida de que él la asesinó.

Lejos de huir, Aggie se obsesiona. Y lo que empieza como una investigación acaba convirtiéndose en una relación enfermiza cuando Nile le propone escribir su historia.

El duelo interpretativo: el verdadero motor de la serie

Si La bestia en mí funciona, es sobre todo por el cara a cara entre Claire Danes y Matthew Rhys.

Danes vuelve a demostrar por qué es una de las mejores actrices de su generación. Su Aggie es ansiedad pura, pero también dolor contenido. No hay glamour ni artificio: hay una madre rota que se aferra al peligro como única forma de no enfrentarse al vacío. Su interpretación convierte el duelo en algo físico, casi incómodo de observar.

Matthew Rhys, por su parte, construye a Nile Jarvis como un depredador silencioso. No necesita alzar la voz ni recurrir a la violencia explícita. Su amenaza está en la sonrisa, en la invasión constante del espacio personal, en ese encanto que resulta profundamente perturbador. Si te conquistó en The Americans o Perry Mason, aquí disfrutarás odiándolo.

La relación entre ambos no es romántica, es tóxica. Un juego de gato y ratón en el que nunca está claro quién observa a quién.

Mención especial para el reparto secundario: Brittany Snow, como la nueva esposa de Nile, aporta capas inesperadas bajo su fachada perfecta, y Jonathan Banks impone autoridad con la sola presencia, fiel a su reputación.

Matthew Rhys encarna a un personaje muy parecido a Robert Durst en 'La bestia en mí'

La bestia interior: duelo, morbo y true crime

El título no engaña. La bestia en mí habla, sobre todo, de lo que ocurre cuando el duelo no se procesa.

Aggie cree estar persiguiendo a un monstruo externo, pero la serie se pregunta constantemente qué ocurre cuando miramos demasiado tiempo al abismo. ¿Qué parte oscura despertamos dentro de nosotros?

Aquí entra una crítica interesante a nuestra obsesión colectiva por el true crime. En una escena clave, Nile afirma que el público no quiere esperanza, sino carnicería. La serie nos devuelve la pregunta: ¿por qué nos resulta tan entretenido el dolor ajeno?

Aggie utiliza la historia de Nile como una forma de vampirismo emocional, una vía para volver a sentirse viva y creativa. En este punto, los paralelismos con Robert Durst, protagonista del documental The Jinx, son imposibles de ignorar: heredero inmobiliario, esposa desaparecida, carisma inquietante y una verdad siempre fuera de alcance.

Si te interesa cómo la ficción usa el thriller para hablar de temas incómodos, Andor es otro ejemplo reciente que, desde la ciencia ficción, analiza el poder, la moralidad y las zonas grises de sus personajes.

Apartado técnico y problemas de ritmo

A nivel técnico, La bestia en mí es un producto claramente alineado con el sello “Netflix Prestige”. La fotografía apuesta por tonos fríos y azules para reflejar la soledad de Aggie, en contraste con la calidez engañosa del hogar de Nile.

Antonio Campos arriesga con una puesta en escena cuidada y algunos planos poco convencionales que elevan la serie por encima del thriller televisivo estándar. La mayor parte de la acción se desarrolla en las dos casas, reforzando una sensación de encierro constante.

El principal problema está en el guion. Aunque los diálogos son afilados, la trama recurre en ocasiones a lugares comunes del género. Algunos giros resultan previsibles y, en el tramo central (especialmente en los episodios 4 y 5), el ritmo se resiente. Ciertas decisiones de los personajes rozan lo inverosímil para mantener la tensión.

Aun así, la atmósfera consigue sostener el interés hasta el final.

Veredicto final

La bestia en mí no reinventa el thriller psicológico. No es Mindhunter ni la primera temporada de True Detective.

Pero sí es una serie tremendamente adictiva, perfecta para un fin de semana lluvioso. Merece la pena solo por el nivel interpretativo de Claire Danes y Matthew Rhys, que elevan un guion correcto hasta convertirlo en un producto notable.

No es una serie de 10, pero dentro del océano de estrenos de Netflix, es una de las opciones más sólidas..

Como ocurre en Anatomía de un instante, la serie no se centra tanto en el misterio como en las decisiones morales de sus personajes cuando el contexto los empuja al límite.

Veredicto Cultura Seriéfila:

  • Si buscas una trama revolucionaria, puede que te frustre.
  • Si buscas tensión, actuaciones de nivel Emmy y un final que invita al debate, deberías verla.

¿Y tú qué opinas? ¿Crees que Aggie cruza una línea peligrosa o es la única forma que tiene de sobrevivir a su dolor?

Si quieres más análisis como este, en el podcast Cultura Seriéfila hablamos de estrenos, thrillers y series desde una mirada crítica y cinematográfica. Disponible en iVoox, Spotify y Apple Podcasts. De hecho, aquí tienes el episodio donde hablamos de La bestia en mí.

‘Andor’: por qué es una de las mejores series políticas de los últimos años

Este artículo acompaña al análisis en vídeo de Cultura Seriéfila, que puedes ver incrustado más abajo.

Cuando pensamos en Star Wars, solemos pensar en aventuras, mitología, héroes claros y villanos definidos. Lo político siempre ha estado ahí, pero casi como un decorado. Por eso resulta tan sorprendente que una de las series políticas más potentes de los últimos años se encuentre precisamente dentro de este universo.

Andor no solo amplía la franquicia: la redefine. Y lo hace desde un lugar incómodo, adulto y profundamente humano.

Ficha técnica y sinopsis

Andor es una precuela de Rogue One, que a su vez lo es de Star Wars: Episodio IV. La serie está protagonizada por Diego Luna, acompañado por un reparto de enorme nivel en el que destacan Stellan Skarsgård, además de numerosos secundarios de peso.

El creador y showrunner es Tony Gilroy, guionista de Rogue One, que aquí dispone de un margen creativo mucho mayor. La serie cuenta con dos temporadas de 12 episodios, estructuradas en arcos narrativos de tres capítulos, una decisión clave para su ritmo y desarrollo dramático.

La serie sigue a Cassian Andor cinco años antes de los acontecimientos de Rogue One, mostrando su transformación de ladrón cínico y superviviente a pieza clave de la Alianza Rebelde. En paralelo, la historia explora el nacimiento de la rebelión, los mecanismos del Imperio y las complejas decisiones morales que deben afrontar tanto los oprimidos como los opresores.

Un cambio radical de enfoque dentro de Star Wars

Muchas de las ideas que plantea Andor no son nuevas en la saga: el individuo que acaba liderando una causa mayor, los sacrificios necesarios para lograr el bien común o las primeras pinceladas políticas. Lo hemos visto antes en personajes como Han Solo o Lando Calrissian.

La diferencia está en el enfoque. En Andor, la política deja de ser un telón de fondo para convertirse en el verdadero tema central. Y lo hace desde un prisma mucho más realista, adulto y humano.

Tony Gilroy toma una decisión clave: humanizar absolutamente a todos los personajes. Aquí no hay héroes impolutos ni villanos caricaturescos. Los rebeldes manipulan, mienten y sacrifican personas. Los imperiales no son malos “porque sí”: tienen rutinas, turnos, días libres y una vida fuera del trabajo.

Esto cambia por completo la experiencia del espectador. Cuando llega la acción, ya conocemos las motivaciones de cada bando. Sabemos por qué hacen lo que hacen.

Los héroes y lo villanos se mueven en terrenos grises en 'Andor'

Nadie sale limpio: moralidad y supervivencia

Personajes como Luthen Rael encarnan a la perfección esta ambigüedad moral. Es consciente de que está condenado: para luchar contra el Imperio ha tenido que traicionar, delatar y utilizar a otros como piezas sacrificables.

Cassian Andor tampoco es un héroe clásico. Toma decisiones egoístas, actúa muchas veces por pura supervivencia y no por convicción ideológica. La rebelión no nace del idealismo, sino de la necesidad. Aquí, hacer el bien es una consecuencia, no un objetivo inicial.

Andor plantea una idea incómoda pero honesta: toda revolución tiene un coste, y ese coste rara vez lo pagan quienes toman las decisiones desde arriba.

Realismo político y paralelismos inquietantes

El Imperio siempre ha sido una metáfora de los regímenes autoritarios, pero Andor lleva esta idea mucho más lejos. En la serie vemos represión sistemática, exterminio de poblaciones, expolio de recursos, prisiones políticas y trabajos forzados.

Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes es su control del relato. Por primera vez, el Imperio no solo gobierna con violencia, sino también con desinformación y propaganda. El caso de Ghorman es especialmente revelador: manipular a una población hasta lograr sus objetivos y, además, hacerlo parecer legítimo.

Aquí Andor conecta directamente con nuestro presente y convierte la ciencia ficción en un espejo incómodamente reconocible.

Un nivel técnico de primer nivel cinematográfico

Disney+ apostó fuerte por Andor, y se nota. El presupuesto está en pantalla en cada apartado técnico: desde el reparto, pasando por la recreación de planetas inéditos, el uso del CGI o la puesta en escena de las secuencias más espectaculares.

Pero lo verdaderamente importante es que todo ese despliegue visual está al servicio del guion, no al revés. La serie podría funcionar incluso con menos artificio, porque la base dramática es sólida.

No es un producto pensado para todos los públicos ni para todas las edades, como The Mandalorian. Es una serie exigente, reflexiva y política, que busca ir más allá del entretenimiento inmediato y enfrentarnos al mundo en el que vivimos.

Conclusión: una anomalía necesaria

Andor ha devuelto la fe en una franquicia que parecía atrapada en la repetición y el miedo al riesgo. No es una serie perfecta: puede dar pereza empezar, algunos arcos funcionan mejor que otros y exige paciencia.

Pero precisamente por eso es tan valiosa. En un panorama audiovisual conservador, Andor es casi un milagro creativo.

Para mí, sin duda, es una de las mejores series de 2025 y un ejemplo de cómo las grandes franquicias todavía pueden contar historias adultas, incómodas y relevantes.

En ese sentido, Andor dialoga muy bien con otras ficciones recientes que analizan el poder, la política y la fragilidad de los sistemas democráticos desde una puesta en escena cinematográfica. Un buen ejemplo es Anatomía de un instante, la miniserie de Movistar Plus+ dirigida por Alberto Rodríguez, que aborda el 23-F no como una lección de historia, sino como un thriller político sobre decisiones morales en momentos límite.

Ambas series, desde universos radicalmente distintos, comparten una misma mirada: mostrar que la política no es abstracta, sino que se construye a partir de personas imperfectas tomando decisiones irreversibles bajo una presión extrema.

Ahora te toca a ti: ¿qué opinas de Andor? ¿Crees que otras sagas deberían atreverse con propuestas similares?

Si te interesa este tipo de análisis, en el podcast Cultura Seriéfila hablamos de estrenos, tendencias y series desde una mirada crítica y cinematográfica. Disponible en iVoox, Spotify y Apple Podcasts. De hecho, te dejo aquí abajo el episodio en el que mencionamos las mejores series de 2025.

‘Mare of Easttown’: la genialidad se disfraza de drama policial

'Mare of Easttown' es ya la serie del año

En un atardecer pueblerino, de colores grises y tonalidades que recuerdan a Lynch y las miserias que suceden tras las vidas de vecinos comunes y corrientes, tras la imagen de gente que corta el césped en sus casas, un loco suelto que corre por las calles sin rumbo, un hermano que se droga y adolescentes que se prostituyen perdiendo la inocencia e incluso la vida, en un escenario en donde el duelo combate a la par con los deseos de amar, sanar y reconstruir, se teje la historia de un personaje quebrado, en permanente caos y alerta que busca a regañadientes reconciliarse con el mundo. Mare of Easttown, es Kate Winslet, la policía del pueblo, querida y respetada, la que desenreda los entuertos, dramas familiares y robos, mientras debe lidiar con sus propias dificultades y las pesadas cadenas que ha dejado la muerte de uno de sus hijos. Todo parece cotidiano, hasta la noche en que Erin (Cailee Spaeny) es asesinada. La muchacha, cuya relación con Dylan ( Jack Mulhern) el padre de su hijo es para nada cordial, es encontrada a las afueras del pueblo citadino, escenario que susurra cual fantasma del pasado trayendo de regreso la desaparición de otra joven, Katie, perdida en Easttown hace un año.  Tras el impacto de los hechos, se le asignará a Mare un compañero, Colin Zabel (Evan Peters), joven detective, vivaz y aplicado. Los miedos y los pecados en la trastienda de la comunidad, deberán enfrentar una lucha cotidiana que involucra desenterrar demonios y culpas.

El director, Craig Zobel, toma las riendas de la historia del guionista y creador Brad Ingelsby, para mostrarnos lo que existe bajo la piel rasguñada de una comunidad como cualquiera, en un armado argumental equilibrado al detalle. El quehacer cotidiano, el día a día y la vida de las familias y vecinos, serán el punto de partida a una serie de eventos, a una trampa que contrasta con las apacibles apariencias. No es necesario repetir lo que tantos han dicho. Sin embargo, cabe reafirmar lo que deambula por Internet: la serie, es lo mejor del año, por el momento. Y ya se subirá al merecido podio al final. Dicho esto, comentaré algunos de los aspectos más interesantes de la misma.

Podemos señalar tres puntos destacables en la construcción de la historia. Toda la narración está basada en el arquetipo clásico del misterio, poniendo de cabeza a investigadores y ciudadanos. Mare of Easttown, es un drama policial, en donde somos testigos de un cruento asesinato. En segundo lugar, nos instala en el proceso evolutivo del duelo. En la manera en que colocamos hielo sobre las heridas, intentando sepultar una culpa sobre otra. Aquello, termina por establecer un círculo vicioso de dolor y conformidad. Esta punta de lanza, se clava en la tierra para señalar el territorio de una nueva  travesía : una última estación representada por la despedida, los abrazos apretados alrededor de la casa, el confortable terruño, aquel paraje que amamos y que debemos abandonar en busca de los sueños. El hombre amado, que brinda paz y calor, la hija que anhela un nuevo comienzo, el pequeño que acarrea las debilidades de los adultos y que paga por ellas, el muchacho valiente que deja la vida haciendo lo que ama y le dicta su determinación. Todo acaba en la partida, dejando huellas y moralejas. Estos conceptos, se aparean y germinan para dar a luz a la transformación. El viaje del héroe, en un introspectivo descenso que lo transporta a la senda de  la paz definitiva.

Uno de los puntos fuertes de 'Mare of Easttown' es un reparto de auténtico lujo

El ritmo del guion, los intervalos constantes, las pausas y los diálogos. Todo se cohesiona en favor de la crónica. Sin embargo, no lo hace a través de la típica explotación del crimen y sus aristas. En Mare of Easttown, la muerte es el objeto del que se vale la narración para contarnos la verdad, una trama que bucea en las almas desnudas, en los pecados y en las culpas, en los secretos de los personajes y la manera en que todos se conectan y evolucionan. Aquel relato coral, se vale del carácter particular de sus protagonistas. Rudos, alegres, perdidos o locos, todos nos impactan, cada uno partícipe de un rol determinado.

A pesar de utilizar evidentes estereotipos, las magníficas actuaciones, potencian las funciones y roles de los personajes. Aún estando equivocados o  desnudos de moralidad, funcionan como las piezas de un lujoso reloj, siendo grises, dubitativos, capaces de amar de manera bestial, o dispuestos a ocultar la más sórdida de las verdades. La crueldad de la vida se alza frente a ellos. No se trata de la  miel que brota de los panales. Es la miel de la tragedia, salpicada de momentos maravillosos y nostálgicos. 

La fotografía y los escenarios, con sus paletas otoñales, duras y sobrias, evocan nostalgia. Hay un aire de redención, atardeceres melancólicos y un borboteo desnudo de animales en peligro, en donde planos y pausas se utilizan con sobrias y cuidadas intersecciones. No hay lagunas ni sobreexposición. Se desarrolla con lúcida y fresca narrativa, siendo entretenida, emotiva e irónica, llevándose la dicha y la satisfacción del televidente. Su simbología, determinante y fructífera, nos transporta hacia  la matriz en donde madres e hijos permanecen atados a pesar de la desolación, las fracturas y los pecados.

Kate Winslet y Guy Pearce repiten en 'Mare of Eastown' tras otra mini serie de HBO, 'Mildred Pearce'.

Mare of Easttown, es una bulliciosa metáfora sobre la familia y la cuna, el nido de pájaros que representa la crianza, la entrega desinteresada e incondicional de la madre, con la misión de  proteger y procurar la madurez. Es un viaje hacia la aceptación. Despejando piedras en el camino, sus personajes imperfectos, caen y se levantan sobre un suelo arenoso en una doble moralidad, que pretende sostener lo que está por derrumbarse. Desde la cotidiana ironía, lo hogareño y lo afable, hasta la cruda  e inevitable visita de la muerte, es la bala que se queda en un árbol impávido, ahogado en el grito sordo de las víctimas. Una lúcida alegoría que nos habla de la inocencia, lo impredecible y catastrófico con una ambigua pureza que sobrecoge y sorprende.

¿Correcto o incorrecto? ¿Moral o inmoral? ¿Con qué vara medimos la decencia y la virtud en los seres humanos? Al final, todo queda subordinado a la experiencia y el aprendizaje. Mark Burton, diácono del pueblo, dirá al finalizar: ¿Porqué irme de aquí? Este es mi hogar. Porque, es eso lo que buscamos: echar raíces y germinar,  pasando pruebas y obstáculos. Bienaventurados los imperfectos. Suerte para ellos.

Mare of Easttown está disponible completa bajo demanda en HBO España.

‘The Nevers’: Las pretenciosas heroínas de la época victoriana

The Nevers, una de las últimas apuestas de HBO, ha concluido su primera temporada con un tibio resultado, mezclando aventuras, misterio y fantasía. Esta vez, inmersos en el Londres de la época victoriana, carruajes de caballos y damas de elaborados y enormes vestidos. Su director, Joss Whedon, ha optado por una representación saturada y un tanto caótica del universo femenino, en donde corta, copia y pega tópicos tradicionales para fundirlos con el cómic, los superhéroes y la novela negra detectivesca, homologando estos géneros con un resultado dispar.

Este enjambre pintoresco de personajes, narra la historia de un grupo de mujeres con poderes extraordinarios. Algunas, sobresalen en habilidades, ingenio y destreza , mientras otras, son simples herederas de alguna característica especial. Su protagonista, Amalia True (Laura Donelly) lidera a este grupo de exiliadas mientras busca respuesta a las recurrentes visiones del futuro que la aquejan. Siempre al lado de su fiel compañera Penance Adair (Ann Skelly) una joven inventora que experimenta con artefactos adelantados a su época. Juntas, van tras la pista de una estrafalaria asesina conocida como Maladie (Amy Manson) quien pretende desatar el caos entre policías y señores de la política. Mientras tanto, el rudo y tosco detective Frank Mundi (Ben Chaplin) intenta detener la oleada de crímenes y desentrañar el misterio que rodea a las Tocadas, aquellas personas que luego de un suceso enigmático y celestial, han adquirido este tipo de cualidades inexplicables.

La serie destaca por un acabado elegante y una hermosa reconstrucción de la época, con buenos escenarios, una lograda ambientación y un aspecto que nos sumerge en los grises crepusculares del 1800. Un esplendoroso vestuario y una atmósfera sobria decantan sobre un tono entre callejero e industrial, aspecto que contrasta con los escenarios lujosos de la clase alta y dominante de aquel período de la historia.

The Nevers, se construye sobre un linaje de personajes segregados, marginados que desean un sitio en el mundo, respeto e identidad. Es un discurso que plantea una herencia tradicional, aquella que nos habla del héroe y su destino, de las dudas y la aceptación, el miedo y el valor. No obstante, es también un manifiesto. Utiliza para esto un lenguaje metafórico, representando a las fuerzas del bien y del mal en polos opuestos, en diferentes escalones, en un mundo dominado por el hombre y la política. La mujer, es una esclava de la modernidad, una exiliada de la revolución, en busca de reconocimiento. Dentro de ella, late la semilla aterradora de la emancipación, un aura feminista inaceptable para los nobles, quienes temen por la caída de las instituciones y las normas. Las Tocadas, representan el cambio. Una amenaza a la sociedad que debe ser silenciada.

Interesante cuestión, a pesar de tratarse de un tópico repetido. Entonces, si el relato se desnuda y parece redundante: ¿Qué cosa nos queda? Pues, quedan siempre los extras. Los giros y la acción. Aquí, la serie se esfuerza por imprimir energía, con algunas peleas y regulares coreografías. Sin embargo, al final, son tenues reflectores. La narrativa se endurece, tambalea y cojea, porque no logra mantener el misterio ni la tensión. Los diálogos, demasiado extensos y confusos, hostigan y se eternizan, muchas veces gratuitos y carentes de peso. The Nevers, es prisionera de un guion que parece experimental. No logra establecer una temática sugerente, siendo sólo una cadena de eventos dispersos, huérfanos de horizonte, con una trama enmarañada que poco ayuda a la acción. Hay episodios que parecen una especie de teatro, donde las escenas se alargan, conversación tras conversación, agotando al espectador. No existen enfrentamientos que te erizan los pelos, ni adrenalina que te mantenga al borde del asiento. Para enladrillar sus paredes, intenta a ratos potenciarse con recursos humorísticos y momentos emotivos, que terminan en tibias muecas actorales. Te da un dulce y al rato, te lo quita de la boca, no consigue atraparte merced a sus baches argumentales y su ritmo. Por otro lado, los villanos, son simplones y burdos. La mayoría de ellos, carecen de motivación, son planos y titiritescos, como en el caso de Maladie, que desquicia con su parafernalia circense y obsesiva. Los demás antagonistas, pululan con sus trajes y conversaciones aburridas, o juegan a interpretar el papel de grotescos malhechores o locos.

Como plato de fondo, una vuelta de tuerca en el último episodio, no hace más que meter más serrín en la chaqueta. Saliendo de un bucle, digno de Einstein, se instala como la nave de un hombrecillo verde en la trama. No haré spoilers sobre el asunto, pero advierto que dejará más cuerda para desenredar, por lo que podría gustarte o enojarte de veras. Aún así, se agradece que establezca una secuencia lógica de los hechos, después de 5 capítulos viviendo en el limbo. Es cierto, coloca nuevos elementos que podrían augurar una mejor continuidad. Sin embargo, a mi parecer, se juega con demasiados abanicos posibles. Demasiadas cosas en un saco que amenaza con romperse.

Con buenas actuaciones, sin ser espectaculares, si quieres encontrar el fuego de Prometeo, difícilmente lo hallarás. Con un poco de recorte, más acción y sobre todo, un guion equilibrado, reconciliarme con las damas, no sería descabellado. Podrían hasta gustarme con sus artilugios y empoderamiento. Al final, The Nevers, puede ser una galleta acompañada de un té. No es nada grandilocuente, pero aplaca la soledad. Si estás dispuesto a saltar todas sus fosas, no creo que te aburras. De paso, te deleitas con sus bonitos vestidos victorianos.

La primera temporada de The Nevers está disponible completa bajo demanda en HBO España.

‘Servant’ T2: Humor negro, rituales y suspense

Este artículo contiene spoilers de las dos temporadas de Servant

Antes de la decadencia del cine de terror, antes del reciclaje, los jumpscares y los monstruos que dan más risa que miedo, hubo clásicos inolvidables y ganas de crear historias de calidad. El horror de nuestra época ha llegado convertirse en un género desprestigiado, uno que ha costado bastante reflotar y que merced al atrevimiento de algunos nóveles directores, ha vuelto a reencantar a los fanáticos acérrimos de lo  oculto y perturbador. Arrastrada por la corriente de estas renovadas ideas, Servant es un híbrido que se saborea como los deliciosos platillos del mejor de los cocineros.

Estrenada en 2020, por Apple TV+, nos regala lo más sólido de la filmografía de M. Night Shyamalan, creador de Sexto Sentido, Señales y El Protegido, quien acompañado de Tony Basgallop, da vida a la enigmática historia de los Turner, un matrimonio compuesto por un Chef de renombre y una vivaz reportera quienes pierden a su hijo en circunstancias macabras. Este pequeño, reemplazado por un muñeco debido a la hecatombe mental de la madre, volverá a llorar y a patalear cuando irrumpa en sus vidas el personaje de Leanne (Nell Tiger Free) una joven misteriosa contratada como niñera. La historia es un cuento fantástico sobre sectas y seres que vuelven de la muerte con la misión de servir a familias desesperadas. La desaparición de la muchacha y la pérdida de Jericho (bebé de los protagonistas) terminarán por cerrar la primera temporada, dejando a la pareja abatida y confusa. 

Un tiempo ha pasado y el imaginario regresa con diez nuevos episodios,  siendo igual de adictiva sobre la base de la ingeniosa mezcla de géneros que conviven en la obra. Servant, no es sólo misterio, es un abanico de posibilidades: humor negro, tragedia, thriller psicológico y enredos. Todo sobre la base de un acto coral reducido y brillante, con sólidas actuaciones y personajes queribles.

En esta nueva aventura, Sean (Toby Kebbel), Dorothy (Lauren Ambrose) y Julian (Rupert Grint) buscarán incansablemente a la desaparecida sirvienta, creyendo que tanto ella como su inquietante tío George (Boris McGiver) son responsables del rapto. La serie sale a ratos de la claustrofóbica casa de los protagonistas. Sin embargo, sigue transcurriendo mayormente en el hogar. Dicha casa es el útero que contiene la tragedia entre sus paredes. No obstante, este monolito sacrosanto se fractura para volverse caótico y asfixiante. Este aspecto simbólico, se une a otros como la comida, elemento asociado a la transmutación. Los animales sacrificados, renacen sobre la mesa como si fueran ofrendas preparadas por Sean. Servant se nutre de la ritualidad, las artes mágicas y el dogmatismo. Un cristianismo penitente, reglamentos sectarios y el miedo a la autonomía son recurrentes en la historia, así como la inmaculada virtud de la joven. La virginidad, el apetito sexual e incluso el amor, son actos pecaminosos y por ende prohibidos.

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Bajo este punto de vista, los Turner, socialmente exitosos, se transforman en pálidas representaciones de lo que fueron, incapaces de procesar lo sucedido en el pasado. Involucrados en situaciones absurdas y disparatadas, son actores de una obra montada sobre la mentira. Luego de idear una serie de planes, llegarán hasta el paradero de la enigmática sirvienta, la que será secuestrada y encerrada en la casa. Mientras tanto, una grieta en el sótano se abre y agiganta. Pugna por revelar la horrible verdad. Como si gritase desde el fondo de la húmeda tierra. Allí,  la cordura se evapora y los insectos deambulan. Dorothy, colapsada por la situación, vivirá episodios psicóticos y violentos. Leanne, encerrada en el ático bajo la silenciosa mirada de un pulcro maniquí, será víctima de sus ataques. Estresada por la situación, agotada y aburrida, decide sepultar la figura de una madre malvada y narcisista mientras renuncia a los mandatos de la secta a la que pertenece.

En este punto, logra conectar con la agonía de los Turner y decide ayudarlos. La honestidad con la que desean el regreso de Jericho y la firme decisión de la madre del bebé quien está al borde del suicidio, logran su cometido. A pesar de que sus actos sean más que cuestionables, conseguirán la redención para reconciliarse con la joven. La promesa de una nueva y auténtica familia, terminará por unirlos a pesar de las consecuencias. La sirvienta, utilizará sus poderes para devolverles la felicidad asumiendo el castigo.

Servant se nutre de un espíritu urbano y moderno e incorpora elementos propios de la leyenda. Tiene un aire rural, un folk horror de personajes extraños e inquietantes siendo un cuento que entretiene, con sus idas y venidas. A pesar de redundar y de perder contundencia en uno o dos episodios, de igual modo te agarra con sus pálidas manos.  La tradición de los muertos y el puente que los une con los seres humanos, sigue siendo atractiva pues se utiliza con ingenio. La tierra y el cielo, pactan como lo hace el diablo con sus fieles. Leanne evoluciona y se fortalece al romper con el contrato y yendo en contra de sus tíos. La guerra se avecina y termina siendo inevitable.

Un show espeluznante, una comedia de horror, un thriller psicológico, una rara novela o mito contemporáneo: Servant es un pulpo de largas y ventosas extremidades. Una buena medicina para los días de encierro. Pues, que siga adelante. Nos merecemos la extrañeza y la endeble salubridad mental de sus historias. 

‘Allen vs. Farrow’: un final ‘made in Hollywood’ (o no)

Mia Farrow y su hija Dylan exponen el caso 'Allen vs. Farrow', en HBO España

Cuando los documentales apelan al sensacionalismo, pueden resultar en adictivas historias a pesar de sus falencias, o caer en la mediocridad siendo pálidas expresiones de los acontecimientos. Allen vs. Farrow, es un poco de aquello. Trozos dispersos que buscan sobrecoger, generar rabia o empatía pero que acaban convertidos en una antojadiza representación.

Kirby Dick y Amy Ziering nos remontan al año 1992. Woody Allen, galardonado director, es acusado por Mia Farrow, su novia y actriz, de abuso sexual. La víctima, su hija adoptiva, Dylan, de cinco años de edad. Los tabloides, privilegiados testigos de aquella época, fueron espectadores activos de este melodrama judicial, una sórdida historia de acusaciones y demandas entre reconocidas y exitosas estrellas de Hollywood. El también escritor, hacía pública entonces su inaudita relación con otra de las niñas adoptadas por Mia, Soon Yi-Previn, lo que terminaría por colocar toneladas de carbón en el fuego incandescente. Finalmente, Allen sería exonerado y declarado inocente del cargo imputado. Luego, en un juicio posterior terminaría perdiendo la custodia de sus hijos, la que había reclamado acusando a Farrow de incapaz y de manipular a su retoño para que inventase lo del abuso.

Un par de décadas han pasado en un mundo sobresaltado y dominado por Internet. En un afán correctivo, hombres y mujeres han abandonado el conformismo para pavonearse en las calles con el fin de censurar, clausurar y cancelar todo acto considerado incorrecto o extremista. Aquel clamor popular ha sido liberador y más que necesario. Sin embargo, hijos míos: a veces las cenizas huelen como las hogueras encendidas en Salem. Existen grises en el mundo. Y no todo justiciero es un hombre venerable. Extrapolando esto a la televisión, este fenómeno se instala y se expande como la gripe, cuestionando los hábitos de la poderosa industria del entretenimiento. Secretos y conspiraciones, vicios y crímenes encubiertos por señores de cuello y corbata, son platillos cotidianos. 

Ronan, Mia y Dylan Farrow en una imagen de 'Allen vs. Farrow'

En Allen vs. Farrow, esta fórmula constituye el meollo del asunto. Establece el poder, personificado en un ente todopoderoso y brutal que se encarga de tapar oscuros asuntos, protegiendo a los suyos. El documental actualiza (o pretende actualizar) lo que ya conocemos. Las versiones del hecho se vuelven a explicar entre testimonios y charlas. Sin embargo, desde el principio tropezamos con una premisa evidente. Allen, no existe. Existe Farrow. Las amigas de Farrow y los testimonios de los Farrow. No hay nuevos aportes. Tampoco revelaciones. Sólo la palabra del clan involucrado. Aquella exclusión de uno de los intervinientes, genera molestia pues la exposición de los acontecimientos se vuelve unilateral. 

Los dos primeros episodios son un crisol de declaraciones que pretenden argumentar y dar claridad a los hechos, los que terminan en especulaciones a pesar de que se esfuerzan en dar vívida credibilidad. Especial atención merecen las asociaciones realizadas por escritoras o cronistas de espectáculo que han seguido y estudiado la obra de Allen, los que establecen un nexo entre la obra del autor y la vida real (¿?) pasando por alto, sin arrugar una ceja, que la literatura es ficción, que se constituye de la imitación y la verosimilitud con nuestro mundo pero que no representa una prueba criminal o es suficiente para diagnosticar algún tipo de trastorno o inclinación. Curioso, en verdad. No hay duda de que tenemos a un adulto atípico y extraño. Su carácter y personalidad siempre han sido particulares. Pero, si vamos a catalogar a la gente por sus actitudes, los Farrow tampoco son un modelo de normalidad. Conforman una especie de aldea sectaria, llena de hijos adoptados que viven como hippies en un mundo feliz. También hay tela que cortar en la atalaya de la actriz. Y aquí no se habla de los aspectos turbios de la familia, también conocidos a través de la prensa. Las razones del quiebre que termina con Soon-Yi (actual esposa de Woody) desvinculada de su madre, carecen de versiones actualizadas de la contraparte. Tanto ella como Allen, se han negado a participar. Tampoco hay mucho de Moses (Moses Farrow), uno más de los niños distanciados de Mia quien sigue apoyando tajantemente a su padre alegando maltrato y golpes en el hogar. Tampoco se mencionan los hechos que llevaron al lamentable suicidio de otros dos hijos adoptados. Y podríamos seguir aludiendo a diversas historias y notas. Como vemos, hay mucha nebulosa en torno a los protagonistas. Demasiada, a mi parecer. 

Foto familiar de Woody Allen y Mia Farrow con sus hijos

Los episodios finales, especialmente el tercero, se empeñan en estructurar un piso firme y contundente, sin conseguirlo. Evidencian la pobreza del material utilizado. Sólo hay audios entrecortados, grabaciones que podrían ser o no modificadas y algunas notas pequeñas que parecen irónicas por lo breve que son, en una obra que se construye sobre la única visión de las víctimas (supuestas) de esta tórrida historia. Acaba siendo un melodrama cruel de la realidad, porque no logra convencer y se vuelve una guerra de todos contra Allen. Finalmente, con encuadres tristes y melancólicos, vemos a Dylan reviviendo el abuso de antaño. Su relato es reflexivo, ajeno a datos escabrosos y solidario en su retórica. La joven, opta por establecer un nexo con el mundo para convertirse en referente de otras mujeres violentadas. Hay rabia, trauma y dolor. Pero, todo controlado, para no pecar de amarillismo. Es casi conciliadora, protegida por el hogar y  los brazos de su cónyuge. Esta joven, manipulada por su madre, imaginando lo sucedido o narrando la verdad, plantea una pregunta difícil de responder. Todo apela a nuestra percepción, enteramente subjetiva. 

Desde mi océano de expectativas, visto el total de la serie, se torna insuficiente. Algo evita que puedas empatizar con el relato. Posiblemente, la intención. La forma de construir y mostrar las evidencias. Los testimonios. Las teorías. Se siente como caminar dos horas sobre la arena. Para terminar fastidiada y con los tenis llenos de piedras. 

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Allen vs. Farrow, se olvida de la rigurosidad. Se viste de bondad para manipular  las emociones y la percepción del espectador. Es unilateral, desbalanceada, capciosa y especulativa, repitiendo la premisa de algunas predecesoras pero sin dar en el clavo. Peca de exacerbar presunciones y comentarios empujando el carro hacia un lado, sin un ápice de culpa. Y lo hace a propósito, porque así lo decide. Lo que es indiscutible, es la cortina que se niega a desaparecer con los años en donde cada contrincante ha permanecido inalterable, a costa de estropear la vida de unos niños que han crecido bajo la sombra de la  lucha y el resentimiento. Hay destrucción por donde se mire. Seguramente, traiciones. Venganza. Desamor. El colapso de un idílico sueño hollywoodense. Y, como cita el documental, seguramente jamás sabremos lo que ocurrió. Bueno o malo, juzgue usted por su cuenta. Podríamos debatir sobre la obra y el artista. Sobre la moral y la rectitud. Sobre lo que amamos de nuestros ídolos y lo que podemos perdonar. Nos cuesta cuestionar o ir en contra de lo que admiramos. Por eso existe la ley. Para iluminarnos, supongo. En este caso, puedes optar y resolver el problema por tu cuenta. Bucear en lo profundo para terminar con el misterio. 

Allen vs. Farrow está disponible completo bajo demanda en HBO España

‘The Stand’: el profético fin la humanidad

Starzplay estrenó 'The Stand', la adaptación de la novela 'Apocalipsis', de Stephen King

Este artículo ha sido escrito después de ver la temporada completa de The Stand y contiene spoilers.

Stephen King ha establecido un universo que ya conocemos bastante, siendo reinterpretado con buenos y malos resultados, tanto en el cine como en la televisión dejando bondades y sin sabores, tan variados como las opiniones de sus acérrimos fans. En esta oportunidad le ha tocado el turno a The Stand, novela del chico de las lentes bohemias, publicada en el año 1978, cuya primera adaptación vio la luz en el 94, dirigida por Mick Harris en formato de miniserie. Ahora, con Josh Boone a la cabeza, el apocalipsis y sus demonios errantes, regresan con una atmósfera que palpita surrealismo y una poética malvada, en un viaje de heroísmo, esperanza y sobrevivencia. 

Cuando un virus experimental, creado por el gobierno se sale de control, una brutal epidemia amenaza con destruir a toda la humanidad. Esta fuerza letal, la super gripe conocida como Capitán Trotamundos se esparce como abejas asesinas en cada continente, matando a millones. Los pocos sobrevivientes, aquellos inmunes a la enfermedad, serán elegidos y acudirán al llamado de una centenaria mujer. La anciana Madre Abigail (Whoopi Goldberg) aparece en los sueños de estos atípicos apóstoles, con el objetivo de construir un último bastión, un pueblo recóndito que habrá de levantarse para perpetuar la  humanidad. 

La señora de los dreadlocks, ha hecho lo necesario. Sin embargo, no es la única con la habilidad de reclutar misioneros. Una maligna entidad, seductora y carismática, se ocupará de los egoístas, maleables y disconformes, enajenados que se unirán a este falso mesías prometeico en la ciudad de Las Vegas. De este modo, Randall Flagg, El Hombre Oscuro (Alexander Skarsgard) se valdrá de sus almas, proporcionándoles un falso paraíso de recompensas, placeres y libertad. 

Alexander Skarsgard y Whoopi Goldberg encabezan el reparto de 'The Stand', disponible en Starzplay

Entre los aliados del brujo, Lloyd Henreid (Nat Wolff, Bajo la misma estrella) será  su mano derecha, un delincuente de poca monta sediento de ambición. Nadine Cross (Amber Heard, La Liga de la Justicia) será la amante secreta,  la mujer que  jugará un papel clave en la narración tras ser seducida por Flagg. Y Harold Lauder (Owen Teague, Bloodline, It) un muchacho vengativo, lleno de rencor y desilusión, serán parte de un plan para acabar con la  congregación de la Madre Abigail.

Ante el inminente peligro, Stu Redman (James Marsden, Westworld), Frannie Goldsmith (Odessa Young), Glen Bateman (Greg Kinnear, Little Miss Sunshine), Larry Underwood (Jovan Adepo, Watchmen), Ray Bretner (Irene Bedard, El Nuevo mundo) y Nick Andros (Henry Saga, The New Mutants) serán advertidos formando un equipo para proteger a la comunidad.  Más tarde, cuatro miembros de la misma, serán enviados hacia el núcleo radioactivo del mal. Allí, Tom Cullen (Brad William Henke, Fragmentado) servirá como espía, siendo clave al colarse y pasar desapercibido en la Sodoma y Gomorra post apocalíptica.

The Stand, pudiera pasar como una serie desestimada. La estructura de su relato puede estar falta de ritmo, sobre todo al inicio. Se toma su tiempo estableciendo las premisas que encenderán la narrativa. Es un acto coral, en donde cada personaje debe encajar. Algunos, serán relevantes y de perfiles elaborados. Otros, serán pasajeros y servirán como desencadenantes de otras situaciones. No obstante, todos cumplen un rol, como en un juego de ajedrez. Es un punto a destacar, pues las relaciones y consecuencias que resultan de ellos, no son fáciles de manejar  y la serie lo consigue dejando pocos vacíos. 

Las actuaciones, avaladas por un grupo de muy buenos actores, no decaen. Un sólido elenco da vida al espectáculo, moldeando un universo de tenebrosa ficción que simula una agreste y apocalíptica eventualidad, una pesadilla posible, que consigue transmitir desesperación y desolación. La escenografía, destructiva y derruida, está presente en las ciudades olvidadas y solitarias, en las carreteras eternas atestadas de cadáveres y vehículos abandonados, en los sueños proféticos y las oscuras quebradas en medio de los parajes. Como antítesis de aquello, un infierno terrenal ubicado en Las Vegas, reproduce la figura del hombre que camina en carteles publicitarios. Una tierra prometida levantada por el hechicero, es iluminada por hipnóticas luces de neón sirviendo de hogar a todos  los desesperados, aquellos que aspiran a un nuevo orden caótico en donde ninguna regla los encadene.

The Stand es el onírico enfrentamiento del bien contra el mal. En aquella guerra sectaria, tanto justos como pecadores le seguirán el paso a la muerte. Algunos escaparán. Y otros serán condenados. ¿Qué hará el hombre en el momento en que todo se derrumbe? ¿Ha de optar por la libertad? ¿Elegirá el buen camino o perderá la esperanza? El demonio, haciendo sus cosas de demonio, se valdrá de trampas y encanto para tentar a los elegidos. Con alegorías cristianas a la orden del día, los protagonistas experimentarán tanto el engaño como la fidelidad, el odio y la hermandad. 

En esta lucha y redención, la victoria radica en una sola alegoría: la fe ciega en la verdad. Aquella, está representada en el versículo que repiten los personajes: «A pesar de caminar por un valle de sombras, no he de Temer. Tengo a Dios de mi lado». Aquel bíblico cantar actuará como escudo bajo lanzas oscuras. De esta manera, Randall Flagg, a pesar de las hordas de cobardes que le acompañan, no será capaz de responder ante el puñetazo celestial.  Las Vegas, emulando la caída de la antigua Babilonia, vestida como Lot, quien termina convertida en una estatua de sal, acabará devastada a causa de la ambición. La salida del laberinto, será desvelada por la Madre Abigail. El epílogo final, escrito por King para esta nueva versión, establece la premisa de gran parte de su universo: «el que cae una vez, se debe volver a levantar». Es aquello lo que prevalece. No hay otra manera. El mal, es propio de la vida. No te puedes esconder. Sólo te queda pelear.

 

Este literario Armageddon, vestido de New Age, tiene el sello de su autor. Aquello se palpita en cada toma y fotografía, tonalidades y brumas. Si te atrapa el misterio y la obra de King, The Stand, te gustará. Si no quieres que la mollera te de vueltas y vueltas, desentrañando un guion repleto de personajes, conexiones y preguntas, será difícil que te enganches. Como amante del género, de todos modos la recomiendo. No obstante, mis opiniones, no son para nada directrices. A mi me agradan las leyendas y los seres maquiavélicos. Es que soy una oscura chica seriéfila y me encanta vivir en permanente sobresalto. Que venga luego la plaga, que no me asusta la virulencia. Es más, la disfruto. Con todo el corazón.

The Stand está disponible completa bajo demanda en Starzplay.

‘Supongamos que Nueva York es una ciudad’: Fran Lebowitz por Fran Lebowitz

'Supongamos que Nueva York es una ciudad' es una serie documental sobre Fran Lebowitz disponible en Netflix

Netflix es una caja de sorpresas. Últimamente no para de utilizar la nula promoción de sus productos como estrategia para, precisamente para promocionarlos. A través del boca a boca, lo usuarios de la plataforma nos vamos contando qué merece la pena ver en ese mar de títulos. Incluso para alguien como nosotros, que escribimos sobre series y tenemos controlados los estrenos de todos los meses, hay cosas tan maravillosas como Supongamos que Nueva York es una ciudad, que se nos escapan de vez en cuando.

Pretend It’s a City, Supongamos que Nueva York es una ciudad en España, es una serie documental que sigue a Fran Lebowitz, la famosa escritora, contadora de anécdotas y cómica que comparte sus fascinantes historias sobre la ciudad de Nueva York junto a una persona tan especial como es el director Martin Scorsese. En cada episodio, Lebowitz da rienda suelta a sus divagaciones sobre cosas como las distracciones mortales, los inconvenientes del metro, el terror en Times Square, los riesgos de ser escritora, la alegría del sonido Motown o de aquella vez en la que Charles Mingus la persiguió por la calle.

Como decía, fueron las referencias de gente a la que sigo por las diferentes redes sociales las que, de alguna manera, me crearon la necesidad de acercarme a este documental. Pero amando Nueva York como la amo y estando detrás mi querido Martin Scorsese, me decidí a verlo. La serie trata sobre conversaciones que Lebowitz y Scorsese han tenido a lo largo de los años, como conferencias que han ido dando juntos o escenas grabadas para este documental como algunas que transcurren en un bar. 

Para quien no conozca a Fran Lebowitz, decir que es una escritora, humorista y contadora de anécdotas, sobre todo. En esta faceta es en la que más destaca junto en la de dar sus opiniones sobre todo lo que le molesta, que como buena neoyorkina, es casi todo. Pero lo mejor es que todo lo cuenta con una gracia tremenda, con humor inteligente y a veces con una lógica tan aplastante que es imposible no estar de acuerdo con ella. Tiene la capacidad de hablar de figuras históricas o artistas mundialmente conocidos como si fueran vecinos de un pueblo en el que se conoce todo el mundo. 

Scorsese y Lebowitz son los protagonistas y responsables de 'Supongamos que Nueva York es una ciudad'

Fran Lebowitz, y esto es alucinante, porque lleva viviendo en Nueva York desde los años 70 hasta ahora, conoce a todos los artistas y gente famosa e importante de la ciudad, desde Andy Warhol al propio Scorsese como a Sinatra o las principales estrellas del jazz. Ha estado en todas las fiestas de la gran manzana en los últimos 50 años. Tiene anécdotas inagotables y una forma de ver la vida un tanto especial. A todo el que le guste Nueva York y se divierta con las historias de una snob que odia a la gente a cada paso que da, se la recomiendo encarecidamente.

Supongamos que Nueva York es una ciudad consta de siete episodios de media hora que no merecen la pena ser contados (por mí), sino disfrutados en su conjunto y en los que, no sólo aprendemos sobre la figura de esta mujer, sino también sobre la historia de esta ciudad y su gente. También una visión específica sobre una infinidad de temas de la mano de una persona audaz, que a ratos te hace sentir inteligente a ti también, pero que la mayoría del tiempo te hace sentirte tonto, para que no despegues los pies del suelo.

Supongamos que Nueva York es una ciudad está disponible completo bajo demanda, en Netflix

Especiales de ‘Euphoria’: un viaje al corazón de las antiheroínas del glitter

'Euphoria' regresó con dos episodios especiales que sirven como puente hacia la segunda temporada

¿Qué es lo que viene luego de la ruptura? Pues la calma. La pesadumbre. Aquello que se posa como una mosca en la sopa. Y en el intermedio de aquel drama, para no quedarnos con el amargo sabor de la despedida, Euphoria regresa, a modo de aperitivo, con dos episodios de regalo, en un formato íntimo e introspectivo, ofreciendo un atisbo de lo sucedido con sus protagonistas, luego del devastador y llorado quiebre en la estación, allí donde los trenes vienen y se van. La poderosa narrativa de la ficción, se ha dedicado a bucear en la psique de sus personajes, dimensión que a momentos está llena de teatralidad y poderosos cuadros sobre la sexualidad, el amor y la marginalidad. Para esto, Sam Levinson, utiliza recursos entre poéticos y cotidianos, para organizar dos escenarios que se complementan y refuerzan, uno con el  otro. 

La primera entrega, bajo el título de Las rayadas no son eternas, transcurre en vísperas de Navidad. En un escenario urbano y melancólico,  Rue (Zendaya , ganadora del Emmy 2020) retorna triste y agotada acompañada de Ali (Colman Domingo) el compañero rehabilitado quien la enfrenta en un rol casi paternal, hablando de la vida, las drogas y sus demonios. La secuencia es un largo cara a cara en donde se exponen las debilidades y las fortalezas de ambos, en una acuarela de emociones donde hay pausas y reflexiones, con enfoques hermosos y filmados con sobria elegancia y equilibrio. Ambos, se potencian en aquella escenografía nocturna, ejecutada a la perfección. El tono de la charla bordea el secretismo, la fraternidad y la revelación y nos lanza hacia el vacío que aflige a la protagonista , la que a ratos parece desear la redención, del mismo modo que la condena. 

Las heridas de Rue son pesadas cadenas. Y su adicción, la sentencia, que parece eterna e irreversible. En aquella tragedia ha perdido la integridad. Es alguien diferente, un fantasma que deambula junto a un cuerpo desconectado de toda realidad. La ética y la moral, son puestas a prueba. La expiación se convierte en un proceso caótico y nudoso, en un acto de valor que involucra regresar a la cruda humanidad, dejando atrás a la marioneta, a la fuerza que maneja los hilos del cuerpo a través de las drogas. 

La tragedia de Rue, es como un cable que la sostiene. Y se debate entre morir, en un acto pseudo heroico, o luchar contra los demonios, dejándolos atrás. Sociedad, desigualdad, falta de oportunidades. En una arquitectura de hostilidad, en donde la violencia y la discriminación son actos habituales, sólo queda aferrarse, apelar al amor, aquel humano contacto que hace llevadera la vida. Todo esto, te romperá el corazón, de todas maneras. Euphoria, no es un relato agradable. Pero lo vale en su poética, en la figura delgada y absorta de su protagonista, que sobrecoge y fascina junto un partner perfecto, que funciona como conductor y reverso de la página, para concluir un episodio redondo en su narrativa, al compás de la música que se repite nostálgica mientras se difumina la imagen, dejando un halo de destrucción, belleza y ensoñación. 

Rue (Zendaya) y Ali (Colman Domingo) protagonizan el primer episodio especial de 'Euphoria', en HBO España

El siguiente especial de esta Euphoria, empapado en cuadros surrealistas, se abre luego con Jules (Hunter Schafer) en el episodio titulado Que se Joda cualquiera que no sea una gota de mar (F*ck Anyone Who’s Not A Sea Blob) onírica presentación que utiliza, nuevamente, el recurso de la conversación, ahora en la sala de la terapista de la joven. En este espacio de sobriedad que funciona como detonador ideal para las revelaciones, los traumas subterráneos aparecen al bucear en lo profundo del mar, recuperando recuerdos en busca de respuestas.  Acertados flashbacks y escenarios de la niñez, nos remontan a la familia. Una madre acongojada, ha pretendido ocultar la naturaleza transexual descubierta  en su retoño. Tiempo después, acabará arruinada por la adicción, perdida y ausente, con las consecuencias que conlleva la separación de una hija. Aquella novel fractura, dejará marcas en Jules. Más tarde, deslumbrada por el amor, buscará convertirse en el salvavidas de Rue, la única persona que la conoce de verdad. De manera indirecta, se ha condenado en un juicio que no ha merecido. 

Un remolino pasional habita en la chica como la brillantina en su rostro. En aquella selva exultante, el sexo y la promiscuidad, son los pilares de su identidad. Busca la aceptación. Como mujer e individuo. En busca de agradar y aferrarse a la feminidad, transforma este concepto en una especie de ídolo que parece inaccesible. Este ángel de alas rotas ha creado ante el mundo una personificación de sí misma, cuyo fin es gustar, ser objeto de deseo y anhelo de los hombres. Se ha olvidado de encontrarse. Sin tanto artificio. La rubia es la mariposa metida en la crisálida, la gota de agua en el océano. Sus fantasías y delirios  en forma de sueños de posesión, húmedos y violentos, la muestran siempre entregada a una satisfacción que la hiere y empodera a la vez, en una dualidad nebulosa. Al final del relato, queda un rayo de luz, que se desvanece como la neblina ante el primer atisbo de sol. 

Jules (Hunter Schafer) protagoniza el segundo episodio especial de 'Euphoria', en HBO España

A ratos surrealista, como dije al principio, a ratos efectista, Euphoria puede pecar de caer en lugares comunes o abusar de una especie de glorificación de la tristeza, ofreciendo al espectador un crisol de pesadumbre. Sin embargo, su lírica depresión no se siente forzada y funciona como un puente que sirve para entrelazar los nudos argumentales, los de Rue y los de Jules, potenciando la trama. 

Euphoria,  es aquello. Emociones al desnudo. Al borde del precipicio. Sus protagonistas, inmersas en procesos que parecen inconmensurables, seguirán tropezando, embriagadas de juventud, juntando lágrimas con sonrisas, así como muchas apasionadas en el mundo. Por mi parte, perfecto. Me agradan la tragedia y el romanticismo novelesco. Anti heroínas modernas. Destruidas y reconstruidas. Románticas y mártires.  

‘Yellowstone’: vuelven los cowboys

'Yellowstone' por fin llega a España de la mano de Paramount Network y Pluto TV

Yellowstone es una de esas series que incomprensiblemente todavía nadie se había dignado a traer a este país. Hasta ahora llevan tres temporadas pero, visto el nivel, auguro unas cuantas más o al menos, albergo esa esperanza. Se ha podido ver en Paramount Network, en abierto, desde el 18 de enero, pero a partir de hoy se podrá ver en Pluto TV bajo demanda, plataforma gratuita también.

La familia con el rancho más grande de los Estados Unidos tiene que luchar contra viento y marea para que nadie les quite ni un ápice de sus extensos terrenos; aunque se les ofrezca todo el oro del mundo. Aquí, lo que vale son las tradiciones al más puro estilo redneckcowboy y punto. Ellos no vendrán jamás a por ti, siempre y cuando no les toques tú a ellos. Luchan en múltiples frentes: con los indios autóctonos del lugar, el gobierno federal americano o cualquier mafioso que se les acerque para ofrecer, presionar o coaccionar para que vendan.

El boss es el genuino Kevin Costner (John Dutton), un tipo hirsuto como una piedra, implacable cuando lo ve necesario e incapaz de arrugarse ante nada ni por nadie. Sus progenie son el alma de la fiesta; por ello, cada cual con un rol muy específico. Antagónicos entre ellos pero con un único nexo de unión, su adorado padre. Son uno para todos y todos para uno… ¿no os suena?

Kelly Reilly es Beth Dutton, la hija de Kevin Costner en 'Yellowstone'

Desde luego cada personaje de Yellowstone es digno de estudiar en esta serie, una especie de Succession a los Hijos de la Anarquía, adictiva y envolvente. Pero… ¡qué puñetas! Pasemos a lo serio: mi rendición absoluta con el personaje con más testosterona que he visto en televisión, la inconmensurable reina-diva y emperatriz Kelly Reilly (Beth Dutton). Es decir, la única hija, absolutamente magistral. La auténtica joya de la corona… ¡menuda interpretación se marca aquí! Digna de cualquier premio; a eso, le sumas la mano derecha del patriarca, el amigo Rip, una especie a extinguir, parco en palabras, híspido de pro y con una fuerza poderosa en pantalla en todo los sentidos. Vamos, como dirían de una prestigiosa película de Tarantino, el Señor Lobo con dotes rudas. Pues bien, aquí tienes el combo perfecto con una magnitud que echa rayos cuál Vengadores 3.0, así son los cowboys modernos.

Como handicap diré que tiene, en según qué momentos, ese aroma a telenovela, sin pretender ser pedante al respecto; por ende, funciona como una auténtica máquina engrasada que te atrapa y no te suelta. Esta serie desde luego no necesita ningún efecto especial ni lo utiliza pero no nos engañemos. No en vano hay detrás una auténtica producción de lujo, con un creador Taylor Sheridan ,que viendo sus anteriores participaciones, entiendes todo. Y, para más bemoles, ¡menudo cliffhanger se han marcado esta última temporada! No puede ser, quiero, deseo, cowboys por doquier…En definitiva, larga vida a Yellowstone y no confundir con Bubú y su secuaz.

Ah!! Cambiando de tema, ayer empecé a ver otra serie que…bueno casi os lo explico otro día que voy a escuchar Cultura Seriéfila.